
En Puebla se gobierna hoy bajo una ilusión estadística. Mientras las encuestas colocan a José Chedraui Budib entre los alcaldes mejor evaluados del país, la realidad que viven miles de poblanos en la calle parece ir en sentido contrario. Hay algo que no cuadra, y no es menor: cuando los números dicen una cosa y la gente siente otra, lo que está fallando no es la percepción, sino la narrativa oficial.
Los datos que presumen desde el Ayuntamiento hablan de aprobaciones superiores al 50%, incluso cercanas al 60% en algunos ejercicios demoscópicos. En el papel, eso lo coloca en posiciones destacadas a nivel nacional. Pero la pregunta obligada es: ¿qué se está evaluando realmente? Porque basta recorrer colonias, escuchar a comerciantes, o revisar la conversación pública para encontrar un diagnóstico mucho más severo. La inseguridad sigue siendo una preocupación constante, los problemas de movilidad no se han resuelto y el deterioro urbano —baches, servicios deficientes, abandono en zonas periféricas— continúa siendo parte del paisaje cotidiano.
La aprobación de Chedraui parece responder más a una inercia política que a resultados contundentes. El efecto de marca partidista, la baja exigencia institucional acumulada durante años y la falta de comparativos reales hacen que un gobierno “regular” sea percibido como “aceptable”. Pero aceptable no es sinónimo de buen gobierno. Es, en el mejor de los casos, mediocridad administrada.
Más preocupante aún es la volatilidad de esas mismas encuestas que lo colocan en la cima. En algunos rankings aparece entre los primeros lugares; en otros, cae a posiciones medias sin que exista una explicación clara. Esa inconsistencia revela que su supuesto respaldo ciudadano no está consolidado, sino sostenido por mediciones que cambian según la metodología, el momento o incluso la narrativa política que se quiera impulsar. No es liderazgo firme, es posicionamiento frágil.
Y mientras tanto, la ciudad no mejora al ritmo que los números sugieren. La brecha entre gobierno y ciudadanía se ensancha cuando la autoridad presume indicadores, pero la gente no ve cambios en su vida diaria. Ese es el verdadero problema de fondo: la desconexión. Gobernar no es solo administrar percepciones, es transformar realidades, y ahí es donde la gestión actual queda a deber.
Hoy, el alcalde no enfrenta una crisis de aprobación, sino algo más delicado: una crisis de credibilidad. Porque cuando la gente deja de creer en lo que dicen las cifras oficiales, las encuestas pierden peso y la legitimidad comienza a erosionarse silenciosamente. No hay rechazo masivo, pero tampoco hay respaldo genuino. Y en política, esa zona gris suele ser el inicio del desgaste.
Pepe Chedraui tiene números que lo favorecen, sí, pero gobierna una ciudad que no se siente mejor. Y al final, ninguna encuesta puede tapar lo evidente: en Puebla, la percepción ciudadana empieza a pesar más que cualquier porcentaje.