
PRIMERA PARTE
No se puede honrar la memoria recortando lo incómodo. El debate sobre retirar el tema del sacrificio de la representación del Equinoccio obliga a discutir algo más profundo: si queremos una historia completa o una versión políticamente cómoda de nuestro origen.
Cada año, la llegada del Equinoccio convierte a Cholula en un punto de atracción espiritual, cultural, turístico y político. No se trata únicamente de una fecha simbólica en el calendario; se trata de un momento cargado de significados, apropiaciones y lecturas sobre el pasado. El Equinoccio, en una zona como Cholula, no solo convoca visitantes, ceremonias y discursos institucionales: también reactiva la disputa sobre cómo se cuenta nuestra historia y qué partes de ella se privilegian, se ocultan o se suavizan.
En esta ocasión, el debate adquiere un matiz delicado. Se ha planteado retirar de la representación pública el tema del sacrificio, por petición de la presidenta Tonantzin Fernández. La decisión, desde luego, puede presentarse como una medida para ofrecer una narrativa más respetuosa hacia los pueblos originarios o para evitar estigmas simplistas sobre las culturas prehispánicas. Pero el problema de fondo no está en cuidar las formas, sino en el riesgo de volver a caer en una práctica muy común en la política contemporánea: administrar la historia según la conveniencia del momento.
Porque la historia no debe editarse para que resulte amable, vendible o institucionalmente correcta. La historia debe contarse como fue: con sus grandezas, sus contradicciones, sus luces y sus zonas más oscuras. De otro modo, dejamos de hablar de memoria y empezamos a fabricar escenografías. Y una cosa es construir un acto cultural digno; otra, muy distinta, es convertir el pasado en una pieza decorativa al servicio del discurso público.
Aquí conviene ser firmes. No se puede negar que en distintos pueblos mesoamericanos existieron prácticas de sacrificio ritual. Hacerlo sería una falsificación histórica. Pero tampoco se puede permitir que ese solo elemento se convierta en la única lente para mirar la vastedad de las civilizaciones originarias. Durante mucho tiempo, la visión colonial y luego cierta visión oficialista redujeron a los pueblos indígenas a imágenes de sangre, violencia y barbarie, ignorando deliberadamente sus avances en astronomía, arquitectura, agricultura, organización ceremonial, observación del tiempo, cosmovisión y sentido comunitario.
Ese es precisamente el punto que debe sostenerse con inteligencia: ni la historia prehispánica puede resumirse al sacrificio, ni puede limpiarse de él por razones de corrección política. Ambos extremos son engañosos. Uno caricaturiza; el otro censura. Y entre ambos extremos, la verdad histórica queda secuestrada.
Cholula, además, no es cualquier escenario. Es un territorio donde la memoria mexicana se vuelve visible de manera brutal y simbólica. Ahí se superponen la raíz indígena y la herencia colonial; la pirámide y el templo; el antiguo centro ceremonial y la nueva ocupación religiosa; la permanencia de una cosmovisión ancestral y la imposición de otro orden cultural. Pocas geografías retratan con tanta claridad lo que realmente somos: una nación construida en la mezcla, en el conflicto, en la sustitución, en la resistencia y en el mestizaje.
Y ese es otro punto que no debería esquivarse. No se puede negar la mezcla entre españoles e indígenas. Nos guste o no, México nace de esa tensión histórica. No de una pureza intacta, no de un solo linaje, no de una sola herencia moral. Nacimos de un proceso doloroso, violento, muchas veces impuesto, pero finalmente constitutivo. Pretender borrar lo español para exaltar únicamente lo indígena sería tan deshonesto como haber borrado durante siglos lo indígena para imponer una narrativa exclusivamente colonial.