
Mis queridas y queridos lectores la migración ha sido históricamente uno de los temas más sensibles en la política de Estados Unidos. Sin embargo, durante la era de Donald Trump, el tema dejó de ser solo un debate de políticas públicas para convertirse en una herramienta política basada en el miedo, la estigmatización y la polarización social. Las consecuencias de este discurso no solo impactaron a millones de personas migrantes, sino que también dejaron una huella profunda en la relación de Estados Unidos con América Latina y con la comunidad internacional.
Desde su campaña presidencial en 2016, Trump utilizó un lenguaje que criminalizaba a las personas migrantes, especialmente a las provenientes de México y Centroamérica. Frases como que los migrantes “traen crimen” o “quitan empleos” no solo reforzaron estereotipos, sino que legitimaron actitudes xenófobas dentro de amplios sectores de la sociedad estadounidense. El problema no fue únicamente el discurso, sino la normalización del desprecio hacia comunidades enteras.
De la narrativa al daño real
Cuando el discurso se convierte en política pública, el daño deja de ser simbólico. Durante su administración se impulsaron medidas como:
* La construcción del muro fronterizo, presentada como una solución simplista a un fenómeno complejo.
* La política de “tolerancia cero”, que derivó en la separación de miles de familias migrantes en la frontera.
* Restricciones al asilo, que limitaron el derecho de personas que huían de violencia, pobreza extrema o persecución.
* Redadas y deportaciones aceleradas, que generaron miedo constante en comunidades migrantes que ya vivían en situación vulnerable.
Estas acciones no solo afectaron a quienes cruzaban la frontera, sino también a migrantes que ya vivían y trabajaban en Estados Unidos desde hace años, muchos de ellos contribuyendo a la economía en sectores clave como la agricultura, la construcción y los servicios.
El impacto en México y Centroamérica
Las políticas migratorias de Trump empujaron el problema hacia el sur. Países como México se vieron obligados a asumir el papel de “muro humano”, conteniendo flujos migratorios sin contar con los recursos suficientes para atender crisis humanitarias. Esto colocó a miles de personas en albergues saturados, expuestas a redes de trata, violencia del crimen organizado y condiciones de vida precarias.
Además, el discurso de Trump debilitó la cooperación regional en temas de desarrollo, seguridad y derechos humanos. En lugar de abordar las causas estructurales de la migración —como la desigualdad, la violencia o la falta de oportunidades— se optó por políticas de contención y castigo.
Migrar no es un crimen
Uno de los mayores problemas del enfoque de Trump fue presentar la migración como una amenaza y no como un fenómeno humano. Migrar no es un delito; es, en muchos casos, un acto de supervivencia. Detrás de cada persona migrante hay una historia: madres que buscan alimentar a sus hijos, jóvenes que huyen del reclutamiento forzado por grupos criminales, familias que escapan de contextos donde la vida cotidiana se volvió inviable.
Reducir estas historias a números o estereotipos no solo es injusto, también es peligroso. Cuando se deshumaniza a un grupo, se abren las puertas a políticas que violan derechos fundamentales.
El riesgo de que la historia se repita
El problema con Trump y los migrantes no pertenece solo al pasado. Cada vez que discursos similares resurgen en campañas electorales, se corre el riesgo de repetir los mismos errores: usar el miedo como estrategia política, sacrificar derechos humanos por votos y convertir a los más vulnerables en chivos expiatorios de problemas estructurales que no se quieren resolver de fondo.
El verdadero reto no es construir muros, sino construir políticas integrales: cooperación regional, inversión en desarrollo en los países de origen, vías legales y seguras de migración, y sistemas de asilo que respeten la dignidad humana.
Una postura necesaria
Hablar de migración no debería dividirnos entre “ellos” y “nosotros”. La historia de Estados Unidos, y también la de México, está construida por personas que migraron en busca de una vida mejor. Recordarlo es clave para no perder de vista que la migración no es el problema: el problema es cómo los liderazgos políticos deciden usarla para ganar poder, aun cuando el costo humano sea altísimo.