
SEGUNDA PARTE
El problema no es solo económico, es político. Un periodista precarizado es un periodista vulnerable. Y un periodista vulnerable es más fácil de presionar.
Mientras no existan políticas públicas estructurales —no apoyos discrecionales ni convenios condicionados— el discurso oficial de respeto a la prensa queda en retórica.
Vivienda: promesas para unos, olvido para otros
El Estado ha generado históricamente esquemas de acceso a vivienda para sectores estratégicos: fuerzas de seguridad, sindicatos, trabajadores formales. ¿Por qué el periodismo no entra en esa categoría si cumple una función pública esencial?
No hay convenios anunciados.
No hay bolsa social específica.
No hay créditos preferenciales gestionados desde el gobierno estatal.
Lo que sí hay son relaciones publicitarias selectivas, donde el apoyo institucional suele depender de la cercanía política o la línea editorial.
Eso no es política pública. Es discrecionalidad.
Participación simulada
Tampoco existen mesas permanentes de diálogo donde los medios independientes puedan incidir en políticas de comunicación social. No hay fondos concursables para periodismo de investigación. No hay mecanismos transparentes de asignación de publicidad oficial con criterios públicos y auditables.
La consecuencia es clara:
El periodista que cuestiona, incomoda.
El que incomoda, queda fuera.
¿Mentira?
El mensaje político
Cuando un gobierno impulsa megaproyectos de infraestructura, pero no destina recursos claros para fortalecer al gremio que documenta, fiscaliza y comunica la realidad, el mensaje es preocupante: la obra es prioridad; la prensa, no.
Un gobierno que se dice cercano al pueblo debería entender que fortalecer al periodismo no es un favor, es una inversión democrática.
Porque sin prensa libre y dignificada, no hay contrapeso.
Y sin contrapeso, el poder se vuelve cómodo.
La pregunta directa
¿Quiere el gobierno de Puebla un gremio profesional, independiente y fuerte?
Entonces que lo demuestre con presupuesto, reglas claras y políticas institucionales.
Lo demás —los discursos, los reconocimientos, las fotografías oficiales— son solo formas elegantes de evitar el fondo.
En Puebla, la precariedad del periodismo no es un error: es un método
En Puebla no existe una política pública para dignificar al gremio periodístico. No por descuido. No por falta de diagnóstico. Porque no conviene.
Durante el gobierno de Alejandro Armenta, el periodismo ha sido reducido a un papel incómodo: necesario para la propaganda institucional, prescindible para el diseño de políticas públicas. No hay programas de vivienda. No hay esquemas de fortalecimiento laboral. No hay participación real. Hay silencio administrativo y control político.
Precarizar para domesticar
Un periodista sin seguridad social, sin vivienda propia y sin estabilidad económica no es libre.
Es vulnerable.
Es presionable.
Es castigable.
La precariedad del gremio no es una consecuencia colateral del sistema: es parte del sistema. Mientras el periodista dependa de convenios discrecionales, de pagos tardíos o de la “buena voluntad” del funcionario en turno, la línea editorial deja de ser un ejercicio de libertad y se convierte en un acto de supervivencia.
Eso es grave. Eso es antidemocrático.
Vivienda: el abandono como política de Estado
El gobierno estatal ha sabido construir esquemas de vivienda para sectores que le resultan funcionales políticamente. Policías, burócratas, estructuras corporativas. Para el periodismo: nada.
Ni un programa piloto.
Ni un padrón.
Ni una convocatoria pública.
La omisión es el mensaje: el periodista no importa como sujeto social, solo como herramienta de difusión cuando conviene.
Publicidad oficial: premio o castigo
En Puebla no existe una política clara, equitativa y auditable de asignación de publicidad oficial. Existe una práctica:
— El que aplaude, cobra.
— El que cuestiona, desaparece del presupuesto.
Eso no es comunicación social. Es censura indirecta.
No se calla con amenazas, se asfixia con abandono económico.
Diálogo inexistente, participación simulada
No hay mesas permanentes con medios independientes.
No hay fondos para investigación periodística.
No hay capacitación institucional en seguridad para periodistas.
Lo que sí hay son eventos públicos, discursos vacíos y fotografías con “medios aliados”. El pluralismo se presume, pero no se practica.
El contraste obsceno
Mientras se anuncian obras millonarias, megaproyectos y planes de infraestructura de alto impacto mediático, el gremio que documenta la realidad vive en la informalidad y el riesgo.
Un gobierno que invierte más en imagen que en libertades no gobierna, administra propaganda.
La verdad incómoda
Un periodismo fuerte incomoda.
Un periodismo organizado exige.
Un periodismo con derechos no se somete.
Por eso no se le fortalece.
Por eso se le fragmenta.
Por eso se le mantiene en la orilla.
La pregunta final (y la acusación)
¿Es incapacidad del gobierno estatal o una decisión política mantener al periodismo en la precariedad?
Porque cuando el abandono es sistemático, prolongado y selectivo, ya no es omisión: es estrategia.
Y un gobierno que le teme a la prensa libre, le teme a la verdad.
Y la verdad no peca, pero incomoda.
Basta.