
PRIMERA PARTE
La política poblana atraviesa uno de los momentos más complejos de las últimas décadas. Si durante muchos años la competencia electoral se explicaba por la confrontación entre dos proyectos ideológicos claramente diferenciados, hoy esa distancia parece haberse reducido hasta convertirse, en muchos casos, en una disputa por el control del poder más que por la defensa de principios doctrinarios.
En teoría, el Partido Acción Nacional (PAN) representa una visión humanista, conservadora, de libre mercado, respeto a las instituciones y fortalecimiento de la iniciativa privada. Por su parte, Morena nació como un movimiento de izquierda que prometía combatir la corrupción, reducir la desigualdad social, privilegiar a los sectores históricamente olvidados y transformar la vida pública mediante un nuevo modelo de gobierno.
Sin embargo, la realidad política en Puebla parece demostrar que entre ambos partidos existen hoy menos diferencias de las que sus propios discursos pretenden hacer creer.
La batalla electoral continúa siendo intensa, pero el debate ideológico prácticamente ha desaparecido. Hoy no se confrontan proyectos de nación; se confrontan estructuras de poder.
La transformación del PAN
El PAN poblano vive una crisis de identidad.
Durante décadas construyó un discurso basado en la honestidad administrativa, el fortalecimiento institucional y la formación política de sus cuadros. Sin embargo, conforme avanzaron los procesos electorales y la necesidad de conservar espacios de poder se convirtió en prioridad, ese mismo partido comenzó a modificar sus prácticas.
Hoy es común observar perfiles provenientes de partidos históricamente adversarios incorporándose al panismo sin una verdadera coincidencia ideológica.
En distintos municipios de Puebla, particularmente en la región cholulteca, Acción Nacional ha abierto sus puertas a personajes provenientes del extinto PRD, del PRI e incluso a actores que durante años combatieron políticamente al propio PAN.
La lógica dejó de ser doctrinaria para convertirse en meramente electoral.
Lo importante ya no parece ser compartir principios.
Lo importante es sumar votos.
En San Pedro Cholula esta situación resulta evidente.
Mientras existen militantes con años de trabajo territorial, formación política y presencia ciudadana, las dirigencias parecen privilegiar perfiles externos únicamente porque presumen determinados números electorales.
Paradójicamente, muchos de esos «números» nunca han sido probados mediante campañas competitivas.
Nunca han recorrido verdaderamente las comunidades.
Nunca han enfrentado procesos electorales complejos.
Sin embargo, son considerados mejores opciones que quienes durante años sostuvieron al partido.
La consecuencia es inevitable.
La militancia comienza a sentirse desplazada.
Los simpatizantes dejan de creer.
Y la ciudadanía observa exactamente el mismo fenómeno que durante décadas criticó del PRI: las candidaturas como acuerdos de grupos y no como reconocimiento al mérito político.
Morena y la contradicción permanente
Morena llegó al poder bajo una narrativa profundamente distinta.
Prometió terminar con los privilegios.
Combatir el nepotismo.
Eliminar la corrupción.
Acabar con los excesos del viejo régimen.
Gobernar para los pobres.
Pero la práctica política ha mostrado múltiples contradicciones.
El discurso de «primero los pobres» convive hoy con una nueva clase política que disfruta de los privilegios del poder exactamente igual que aquellos a quienes durante años señalaron.
Se critica el pasado mientras se reproducen muchas de sus prácticas.
Se condena el nepotismo mientras familiares ocupan cargos públicos.
Se denuncia el influyentismo mientras continúan apareciendo recomendaciones políticas.
Se habla de austeridad mientras el aparato gubernamental crece en estructuras de comunicación y propaganda.
Morena dejó de ser movimiento para convertirse en gobierno.
Y gobernar exige mucho más que repetir consignas.
La política del espectáculo
Otro fenómeno que caracteriza tanto al PAN como a Morena es la creciente sustitución de perfiles técnicos por perfiles mediáticos.
Cada proceso electoral incorpora más personajes provenientes del espectáculo, de los medios de comunicación, de las redes sociales o de actividades completamente ajenas al servicio público.
La fama parece haber sustituido a la experiencia.
La popularidad desplaza a la preparación.
La improvisación reemplaza al conocimiento.
El resultado es visible.
Congresos con pocas iniciativas relevantes.
Debates legislativos superficiales.
Escasa producción parlamentaria.
Y una preocupante ausencia de propuestas de largo plazo.
La política dejó de ser un espacio para construir políticas públicas.
Hoy, en muchas ocasiones, parece convertirse simplemente en un escenario de promoción personal.
El uso político de los medios
También preocupa la relación entre algunos actores políticos y determinados medios de comunicación.
Existen casos donde periodistas o comunicadores han transitado directamente hacia cargos públicos o candidaturas.
Ese tránsito, por supuesto, es completamente legítimo dentro de una democracia.
CONTINUARA…