PAN y Morena en Puebla: dos colores, una misma crisis de representación política

SEGUNDA PARTE

Lo cuestionable aparece cuando durante años utilizaron espacios informativos para construir ventajas personales, atacar adversarios o defender intereses políticos específicos.

La frontera entre periodismo y propaganda se vuelve entonces peligrosamente delgada.

Y cuando eso ocurre, quien pierde es la ciudadanía.

Porque deja de recibir información para comenzar a recibir campañas disfrazadas de noticias.

La pobreza como estrategia electoral

Uno de los temas más delicados es la utilización permanente de programas sociales con fines políticos.

Nadie puede negar que muchas familias requieren apoyo gubernamental.

Sería irresponsable afirmarlo.

Sin embargo, una cosa es construir políticas públicas que reduzcan la pobreza.

Y otra muy distinta administrar la pobreza para convertirla en capital electoral.

Las despensas.

Los apoyos económicos.

Los programas asistenciales.

Todos pueden ser herramientas legítimas de bienestar.

Pero jamás deben convertirse en instrumentos de dependencia política.

La verdadera política social genera ciudadanos libres.

No electores cautivos.

Puebla y el gobierno de la narrativa

En Puebla resulta cada vez más evidente una estrategia de comunicación basada en responsabilizar permanentemente a las administraciones anteriores.

Cada problema encuentra rápidamente un culpable histórico.

Las inundaciones.

Las obras inconclusas.

La inseguridad.

Los problemas financieros.

Todo parece tener origen exclusivamente en gobiernos pasados.

Sin embargo, gobernar implica precisamente resolver aquello que se recibe.

Las administraciones no son elegidas para explicar problemas.

Son elegidas para solucionarlos.

Cuando un gobierno, después de varios años, continúa atribuyendo sus dificultades exclusivamente al pasado, inevitablemente comienza a transmitir una imagen de incapacidad.

Porque la ciudadanía espera resultados.

No justificaciones.

La experiencia también gobierna

Resulta preocupante observar cómo diversas áreas estratégicas son ocupadas por perfiles cuya principal virtud parece ser la cercanía política.

La administración pública exige conocimiento.

Planeación.

Capacidad técnica.

Visión de largo plazo.

No basta la lealtad.

No basta el activismo.

No basta la popularidad.

Gobernar requiere preparación.

Las recientes contingencias derivadas de lluvias intensas, problemas de infraestructura, movilidad, crecimiento urbano y protección civil han evidenciado que la naturaleza no distingue colores partidistas.

Las lluvias no preguntan quién gobierna.

Simplemente llegan.

Y los gobiernos deben estar preparados.

La prevención constituye una obligación institucional, no una opción política.

Cuando las respuestas llegan tarde, cuando predominan las explicaciones sobre las soluciones, la percepción ciudadana comienza a deteriorarse.

La oposición también tiene responsabilidades

Pero tampoco el PAN puede asumirse como alternativa automática.

Después de décadas gobernando diversos municipios poblanos, también carga con responsabilidades.

Muchos ciudadanos identifican al panismo con los mismos grupos de siempre.

Las mismas familias.

Los mismos liderazgos.

Los mismos operadores.

Las mismas disputas internas.

Las mismas promesas incumplidas.

La renovación generacional ha sido lenta.

Y cuando aparece, muchas veces queda subordinada a los intereses de quienes durante años controlaron las decisiones partidistas.

La región cholulteca como espejo político

La región de Cholula resume perfectamente esta realidad.

Los ciudadanos observan cómo los partidos intercambian perfiles.

Los antiguos adversarios hoy son aliados.

Los viejos críticos hoy aparecen fotografiados juntos.

Los discursos cambian dependiendo de quién ocupa el gobierno.

Y las convicciones parecen durar únicamente hasta la siguiente elección.

La consecuencia es una creciente desconfianza ciudadana.

Cada vez más personas consideran que los partidos únicamente cambian de color.

No de prácticas.

La ciudadanía ya cambió

Existe un error que muchos actores políticos siguen cometiendo.

Creen que la sociedad continúa reaccionando igual que hace veinte años.

No es así.

Hoy existe acceso inmediato a la información.

Las redes sociales permiten contrastar discursos.

Los ciudadanos recuerdan declaraciones pasadas.

Las contradicciones permanecen registradas.

La memoria digital hace imposible borrar los cambios de postura.

Por ello resulta cada vez más difícil sostener narrativas construidas exclusivamente desde el aparato gubernamental o desde las dirigencias partidistas.

La ciudadanía compara.

Analiza.

Y cada vez castiga con mayor facilidad la incongruencia.

El desafío rumbo al próximo proceso electoral

El proceso electoral que se aproxima será una prueba para todos los partidos.

No bastarán los programas sociales.

No bastarán las campañas de imagen.

No bastarán los espectaculares.

No bastarán los discursos de confrontación.

Tampoco bastará señalar a gobiernos anteriores como responsables de todos los problemas.

La ciudadanía comenzará a preguntar por resultados.

Por proyectos.

Por capacidades.

Por perfiles.

Y sobre todo por credibilidad.

Porque la confianza política se construye con hechos, no con propaganda.

Finalmente,

Las diferencias ideológicas entre el PAN y Morena continúan existiendo en sus documentos básicos, en sus declaraciones de principios y en sus discursos oficiales. Sin embargo, en la práctica política poblana esas diferencias se han reducido considerablemente debido a estrategias similares de construcción de poder, selección de candidaturas, alianzas pragmáticas y decisiones orientadas más a la rentabilidad electoral que a la coherencia doctrinaria.

La percepción de una parte de la ciudadanía es que ambos partidos han terminado privilegiando intereses políticos por encima de sus principios fundacionales. Esa percepción, aunque discutible y sujeta al debate democrático, refleja un desafío real para todas las fuerzas políticas: recuperar la confianza pública mediante gobiernos eficaces, transparentes y con resultados medibles.

Más que el color de un partido, lo que determinará el futuro político de Puebla será la capacidad de sus dirigentes para responder a problemas concretos con políticas públicas sólidas, rendición de cuentas y apertura a la crítica. Una democracia madura requiere oposición responsable, gobiernos que asuman sus aciertos y errores, y ciudadanos informados que evalúen el desempeño de sus representantes más allá de la retórica partidista.

La sociedad poblana parece haber entrado en una nueva etapa: una en la que las lealtades partidistas pesan menos que los resultados. Ese será, probablemente, el verdadero desafío para quienes aspiren a gobernar en los próximos años.

Primera Llamada.