
Por Jorge Gómez Carranco
La Selección Mexicana quedó eliminada de la Copa del Mundo el pasado 5 de julio, tras caer 3-2 ante Inglaterra en el Estadio Ciudad de México, antes conocido como el Azteca. El equipo de Javier Aguirre llegaba invicto y con cuatro victorias consecutivas, pero no logró superar la barrera de los octavos de final, la misma que lo ha perseguido en casi todas sus Copas del Mundo desde 1986. México terminará el torneo en el noveno o décimo lugar general.
Sin embargo, más allá del resultado deportivo, el saldo que deja el Mundial 2026 para México tiene otra lectura: la de un país que supo recibir al mundo. La propia presidenta Claudia Sheinbaum lo resumió así al día siguiente de la derrota, al pedir a los mexicanos sentirse orgullosos tanto del desempeño de la selección como del papel del país como anfitrión.
Las cifras de asistencia respaldan esa lectura. El torneo registró en México una ocupación cercana al cien por ciento en la fase de grupos, con 4.6 millones de espectadores en las tres sedes: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. El propio duelo entre México e Inglaterra se convirtió en el evento televisivo más visto del siglo en el país, con cerca de 60 millones de espectadores frente a la pantalla.
El triunfo mexicano ante Ecuador, que llevó al equipo a octavos de final, provocó una de las celebraciones más grandes que se recuerdan en el Ángel de la Independencia, con alrededor de 1.4 millones de personas reunidas. Fueron postales de una fiesta compartida, de familias y aficionados de distintas generaciones festejando juntos, que muchos coinciden en señalar como el verdadero legado emocional del torneo.
El impacto en la economía también fue significativo. De acuerdo con la coordinación oficial del Mundial 2026 en México, el torneo dejó una derrama superior a los 50 mil millones de pesos en las tres ciudades sede, concentrada en hoteles, restaurantes, comercios, transporte y servicios turísticos. Solo en la Ciudad de México, la Cámara Nacional de Comercio estimó una derrama de más de 22 mil 678 millones de pesos y la llegada de 1.1 millones de turistas.
Una estimación independiente de The Competitive Intelligence Unit calculó el beneficio en las tres sedes en 2 mil 570 millones de dólares, con la creación de alrededor de 105 mil empleos temporales, equivalentes a un 0.13 por ciento adicional del Producto Interno Bruto. El sector hotelero, en particular, reportó incrementos de tarifa de hasta 120 por ciento durante los días de partido, con niveles de ocupación de entre 80 y 90 por ciento.
Vale la pena anotar, para tener el panorama completo, que la inversión global en infraestructura del Mundial rondó los 12 mil millones de dólares, una cifra varias veces mayor a la derrama directa proyectada para México. Es un contraste que varios economistas señalan como habitual en este tipo de megaeventos, y que no resta valor a los beneficios reales que sí llegaron al comercio y al turismo de las sedes, pero que conviene tener presente al hacer el balance completo.
Más allá de los números, lo que queda es la imagen de un país que se volcó a las calles, a los estadios y a las pantallas para celebrar en comunidad. Ese ambiente de unión familiar y de identidad compartida, más que el resultado en la cancha, es quizá el saldo más duradero que deja para México haber sido, por tercera vez en su historia, sede de una Copa del Mundo.