Menos aulas, más futbol: el fracaso educativo del gobierno

México ha tomado una decisión que retrata con crudeza una de las grandes contradicciones nacionales: mientras el discurso oficial insiste en que la educación es “la prioridad del Estado”, la realidad demuestra que basta la llegada de un espectáculo global para alterar el calendario escolar de millones de estudiantes.

La Secretaría de Educación Pública anunció que el ciclo escolar 2025-2026 concluirá el 5 de junio, más de un mes antes de lo originalmente programado, argumentando una combinación entre la organización del Mundial de Futbol 2026 y las altas temperaturas registradas en el país.

La medida ha provocado indignación entre padres de familia, docentes y especialistas educativos. Y no es para menos. México arrastra desde hace años un severo rezago educativo agravado por la pandemia, los bajos niveles de comprensión lectora, el abandono escolar y la precarización de la enseñanza pública. En ese contexto, reducir más de 40 días efectivos de clases parece menos una política educativa y más una concesión logística al negocio del entretenimiento internacional.

El mensaje es devastador.

La SEP intenta justificar la decisión afirmando que “se garantizará el cumplimiento del plan de estudios”. Sin embargo, basta revisar las cifras para entender el tamaño del golpe: el calendario pasaría de 185 días efectivos a poco más de 150.  ¿De verdad alguien cree seriamente que un sistema educativo que ya batalla para cubrir contenidos podrá hacerlo recortando más de un mes de clases?

La educación mexicana parece haberse convertido en rehén de la improvisación política. Primero fueron las suspensiones extraordinarias, luego las semanas reducidas, después las constantes interrupciones administrativas y ahora el Mundial. El problema no es el futbol. El problema es la jerarquía de prioridades del Estado mexicano.

Porque mientras en países desarrollados los grandes eventos deportivos son compatibles con la vida institucional, en México se plantea prácticamente detener el ritmo educativo nacional para facilitar movilidad, turismo y espectáculo. Lo más preocupante es que el Mundial solo tendrá actividad directa en tres ciudades: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. Sin embargo, las consecuencias recaerán sobre más de 30 millones de estudiantes en todo el país.

¿De verdad un niño en Chiapas, Puebla, Oaxaca o Sonora debe perder semanas de aprendizaje porque habrá partidos en el Estadio Azteca?

La decisión también refleja una peligrosa visión populista de la política educativa: asumir que el entusiasmo social por el futbol basta para legitimar cualquier alteración institucional. Se busca vender el Mundial como un símbolo de orgullo nacional, pero se olvida que ningún país se desarrolla sacrificando educación por entretenimiento.

El argumento de la ola de calor tampoco termina de convencer. México enfrenta altas temperaturas prácticamente cada año, especialmente en mayo y junio. Si el problema climático fuera realmente el eje central, la SEP habría impulsado desde hace tiempo infraestructura escolar adecuada: ventilación, bebederos, techumbres y adaptación de horarios. Pero es más sencillo recortar clases que invertir en condiciones dignas.

Paradójicamente, mientras el gobierno presume modernidad, inclusión y transformación educativa, manda un mensaje profundamente contradictorio: el futbol puede esperar menos que la formación académica de una generación completa.

Y ahí radica el verdadero problema de fondo.

El Mundial terminará. Las ceremonias, los patrocinadores, las campañas publicitarias y los discursos patrióticos desaparecerán en cuestión de semanas. Pero el deterioro educativo permanecerá durante años.

México no necesita menos clases.

Necesita mejores escuelas, más disciplina institucional y gobiernos capaces de entender que una nación no se construye en los estadios, sino en las aulas.