LA EDUCACIÓN COMO IMPROVISACIÓN: MORENA EXHIBE NUEVAMENTE SU DESORDEN INTERNO.

Por: Jorge Gómez Carranco

La reciente controversia en torno a la modificación del calendario escolar y la ampliación del periodo vacacional para docentes evidenció mucho más que un simple ajuste administrativo dentro del sistema educativo mexicano. Lo que en apariencia parecía una medida orientada al reconocimiento del magisterio terminó exhibiendo una preocupante falta de coordinación política al interior del propio gobierno federal, particularmente entre la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y el titular de la Secretaría de Educación Pública. El episodio dejó al descubierto improvisación, contradicciones públicas y una preocupante ausencia de planeación en un tema tan delicado como la educación nacional.

El origen de la polémica surgió cuando se anunció la intención de modificar el calendario escolar para otorgar más días de descanso al personal docente, bajo el argumento de reconocer el desgaste laboral acumulado por maestras y maestros del país. Sin embargo, lejos de presentarse como una política educativa integral y consensuada, el anuncio apareció rodeado de mensajes contradictorios, declaraciones ambiguas y falta de claridad respecto a su implementación real. Mientras desde la SEP se manejaban fechas y lineamientos preliminares, desde otros sectores del propio gobierno federal comenzaron a surgir precisiones, correcciones y matices que evidenciaban que el tema no había sido plenamente acordado al más alto nivel.

La situación resultó particularmente delicada porque mostró una imagen de desorden dentro de un gobierno que constantemente presume coordinación absoluta y “unidad de proyecto”. En cualquier administración seria, especialmente en un tema que impacta a millones de estudiantes, padres de familia y trabajadores de la educación, los anuncios tendrían que surgir después de un proceso de análisis técnico, presupuestal y político perfectamente alineado. Lo ocurrido reflejó exactamente lo contrario: un secretario adelantando decisiones sin que existiera una narrativa institucional clara ni una postura plenamente consolidada por parte de la Presidencia.

Desde una óptica crítica, el episodio exhibe uno de los principales problemas de los gobiernos emanados de Morena: la excesiva centralización política alrededor de la figura presidencial y, paradójicamente, la falta de capacidad operativa de muchos de sus funcionarios para actuar con orden y responsabilidad institucional. Durante años, el discurso oficial ha insistido en que existe un “nuevo modelo de gobierno” más eficiente, más cercano y más coordinado. Sin embargo, casos como este demuestran que, en la práctica, abundan la improvisación y las decisiones mediáticas por encima de la planeación técnica.

El tema educativo no puede manejarse bajo ocurrencias o anuncios apresurados. México enfrenta actualmente una de las crisis educativas más profundas de las últimas décadas. Los efectos del rezago provocado por la pandemia continúan reflejándose en bajos niveles de comprensión lectora, deficiencias matemáticas y abandono escolar. A ello se suma la falta de infraestructura digna en miles de escuelas públicas, la escasez de materiales educativos y la incertidumbre generada por constantes cambios en los modelos pedagógicos impulsados desde el gobierno federal. En ese contexto, modificar calendarios escolares sin una estrategia integral termina proyectando una administración más preocupada por el impacto político inmediato que por resolver de fondo los problemas estructurales del sistema educativo.

Desde la perspectiva de Acción Nacional, el problema no radica en reconocer el esfuerzo de los docentes algo legítimo y necesario, sino en la manera improvisada y desordenada en que se condujo el tema. La educación requiere seriedad, planeación y respeto institucional. No se trata de anunciar medidas populares para ganar simpatías momentáneas, sino de construir políticas públicas sostenibles que verdaderamente mejoren la calidad educativa del país. Cuando dentro del propio gobierno existen contradicciones públicas respecto a un tema tan sensible, el mensaje que se transmite a la ciudadanía es de incertidumbre y desorganización.

Además, el episodio reflejó una relación política compleja entre la SEP y la Presidencia. Aunque finalmente el gobierno intentó cerrar filas y presentar una postura unificada, el desgaste mediático ya había ocurrido. La percepción pública fue clara: hubo falta de comunicación y ausencia de acuerdos previos. Esto resulta especialmente relevante porque la actual administración ha construido buena parte de su narrativa sobre la supuesta disciplina política interna y la inexistencia de divisiones dentro del movimiento oficialista. Lo sucedido demostró que incluso al interior del gobierno federal existen diferencias, descoordinación y decisiones que no siempre pasan por una ruta institucional clara.

Finalmente, el desenlace del tema dejó una sensación ambigua. El gobierno intentó presentar el ajuste como una decisión responsable y sensible hacia el magisterio, mientras buscaba minimizar las contradicciones previas. Sin embargo, el daño político ya estaba hecho. Más allá de si el calendario escolar cambia algunos días o no, lo verdaderamente importante fue lo que el episodio reveló: un gobierno que, pese a controlar amplios espacios de poder, continúa mostrando dificultades para coordinarse internamente y comunicar decisiones con claridad.

México necesita una política educativa seria, técnicamente sustentada y construida mediante consensos reales, no decisiones improvisadas sujetas al cálculo político del momento. La educación de millones de niñas, niños y jóvenes no puede depender de anuncios contradictorios ni de disputas internas disfrazadas de ajustes administrativos. Cuando el gobierno pierde coordinación en temas fundamentales, quienes terminan pagando las consecuencias son las familias mexicanas y el futuro del país.