
A menudo, en la política nos gusta usar etiquetas como si fueran equipos de fútbol. «Soy de izquierda», «es de derecha», decimos con una certeza que, la mayoría de las veces, carece de sustento histórico. Para entender dónde estamos parados hoy en México, primero hay que mirar hacia atrás, a una tarde de mayo en la Francia de 1789.
Todo comenzó por una cuestión de logística y rebelión. En la Asamblea de los Estados Generales, previa a la Revolución Francesa, el lugar donde te sentabas definía tu visión del mundo. A la derecha del Rey se ubicaron la nobleza y el clero; buscaban conservar sus privilegios, la tradición y el orden establecido. A la izquierda, se sentó el «Tercer Estado»: los comerciantes, los burgueses y los representantes del pueblo que exigían un cambio radical, una república y libertades civiles.
Desde entonces, la derecha se asoció con el conservadurismo, la libertad individual y el libre mercado. La izquierda, por su parte, se convirtió en la bandera del progreso social, la intervención del Estado para reducir la desigualdad y la justicia colectiva.
Ahora, en el México actual. Si intentamos encajar a Morena estrictamente en el molde de la izquierda francesa o incluso en la socialdemocracia europea, el rompecabezas simplemente no arma.
Por un lado, Morena tiene un «corazón» de izquierda innegable en su discurso económico:
• La prioridad a los desprotegidos: Su bandera de «Primero los pobres» y las transferencias directas de recursos son, en esencia, actos de redistribución de la riqueza.
• Soberanía del Estado: El fortalecimiento de empresas públicas como PEMEX y la CFE es un guiño a la izquierda nacionalista que cree que el Estado debe controlar los recursos estratégicos.
Sin embargo, aquí es donde el análisis se tiñe de negro y aparecen las contradicciones. Si la izquierda es, por definición, progresista y rupturista con el dogma, ¿cómo explicamos que el actual gobierno sea tan conservador en temas sociales? Morena ha evitado confrontar temas como el aborto o el matrimonio igualitario para no incomodar a su base más tradicional.
Lo que hoy vivimos en México es un híbrido. Tenemos un gobierno que practica una «Austeridad Republicana» que envidiaría cualquier político de derecha fiscal, reduciendo el gasto público al mínimo, pero que al mismo tiempo centraliza el poder de una manera que recuerda a los regímenes autoritarios de viejo cuño.
Entonces, ¿es Morena realmente de izquierda? Si ser de izquierda es buscar la igualdad social, la respuesta es un «sí» discursivo. Pero si ser de izquierda implica laicismo, libertad social plena y una visión de futuro alejada de la nostalgia por el pasado nacionalista de los años 70, la etiqueta le queda grande.
Al final del día, parece que en México no estamos ante una lucha de ideologías, sino ante una disputa de identidades. En estas tardes negras de debate político, quizás debamos dejar de preguntar si el gobierno se sienta a la izquierda o a la derecha, y empezar a preguntar si sus decisiones realmente están moviendo la aguja hacia un país más justo o simplemente hacia un poder más concentrado.