Equinoccio en Cholula: entre la verdad histórica y la tentación de maquillar el pasado

SEGUNDA PARTE

La identidad mexicana no puede construirse con selectividad emocional. No podemos aceptar solo la parte del pasado que hoy se acomoda mejor a la sensibilidad política del presente. Ser mestizos no significa celebrar la conquista ni minimizar sus abusos; significa reconocer que de ese choque, profundamente desigual, surgió la configuración social, cultural y simbólica que hoy define a este país. Quien quiera una historia limpia, lineal y moralmente cómoda, en realidad no quiere historia: quiere propaganda.

Por eso preocupa que desde el poder público se decida qué aspectos del pasado deben desaparecer de las representaciones colectivas. Porque cuando una autoridad empieza a filtrar la memoria para que no incomode, deja de promover cultura y empieza a producir relato oficial. Y los relatos oficiales casi siempre tienen el mismo defecto: excluyen lo complejo, reducen lo incómodo y terminan sustituyendo la verdad por un discurso utilitario.

No se trata, por supuesto, de exaltar el sacrificio ni de presentarlo con morbo. Sería absurdo e irresponsable. Tampoco se trata de reforzar estereotipos que durante siglos han servido para despreciar a los pueblos originarios. Se trata de algo mucho más serio: narrar con contexto. Explicar que las culturas prehispánicas fueron extraordinarias en muchos aspectos y que, al mismo tiempo, como toda civilización humana, también desarrollaron prácticas rituales que hoy generan incomodidad. Ese es el camino maduro: ni romantizar, ni satanizar. Comprender.

Lo contrario, quitar una parte entera del relato para que la ceremonia luzca más amable, convierte el Equinoccio en un espectáculo recortado. En una postal turística. En un producto políticamente administrado para no tocar fibras incómodas. Y entonces la conmemoración deja de ser una oportunidad para reflexionar sobre el pasado y se transforma en una representación vaciada de verdad.

En tiempos donde la política usa símbolos con enorme facilidad, este tipo de decisiones no son menores. Cada omisión tiene carga ideológica. Cada silencio construye una versión del país. Cada ajuste narrativo revela qué tipo de memoria se quiere fomentar: una crítica y adulta, o una decorativa y complaciente. Esa es la verdadera discusión.

Los pueblos originarios no necesitan que se les defienda ocultando sus contradicciones. Necesitan que se les reconozca en toda su dimensión: en su grandeza cultural, en su profundidad espiritual, en su sabiduría acumulada, en su capacidad de resistencia, y también en la complejidad de sus prácticas históricas. Lo mismo ocurre con la herencia española: no se trata de absolver la conquista, sino de aceptar que también forma parte de un proceso histórico que dio lugar a la sociedad actual. Querer identidad sin conflicto es querer una ficción.

Cholula debería aprovechar el Equinoccio no solo para atraer visitantes, sino para abrir una conversación más honesta sobre el pasado. Una conversación que no se quede en la estética ceremonial, en la retórica de la energía o en la puesta en escena institucional. Una conversación que asuma que venimos de una historia dura, contradictoria, a ratos admirable y a ratos brutal, pero imposible de entender si se le arrancan fragmentos para hacerla más vendible.

Si la petición de la presidenta Tonantzin Fernández ha sido retirar el tema del sacrificio de la representación, la discusión pública debe ir más allá de esa decisión puntual. La pregunta de fondo es otra: ¿queremos seguir administrando la memoria desde la comodidad política o estamos dispuestos a asumir una historia completa? Porque los hechos no desaparecen al omitirlos. Lo único que desaparece es la honestidad con la que una sociedad se mira a sí misma.

No se honra el pasado maquillándolo. No se dignifica a una cultura inventándole pureza. No se fortalece la identidad negando el mestizaje. La historia de México, y particularmente la de lugares sagrados y simbólicos como Cholula, está hecha de contrastes. Y solo aceptando esos contrastes podremos hablar con madurez de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que todavía nos cuesta aceptar.

El Equinoccio debería ser una oportunidad para recordar que la memoria no está para tranquilizar conciencias ni para servir al discurso del poder. Está para enseñar, para incomodar y para decir la verdad, incluso cuando esa verdad no cabe bien en una ceremonia oficial.

No necesitamos una historia bonita para el aplauso fácil. Necesitamos una historia completa para entendernos de verdad. Porque cuando un pueblo empieza a recortar su pasado para que no incomode, corre el riesgo de convertir la memoria en propaganda y la identidad en simple espectáculo.