
Durante años el debate público sobre igualdad de género ha estado centrado —con razón— en el empoderamiento de las mujeres. Sin embargo, hay un elemento que rara vez se discute con suficiente profundidad: el empoderamiento masculino positivo, es decir, la formación de hombres capaces de respetar, proteger y defender los derechos de las mujeres en la vida cotidiana.
La violencia contra las mujeres no es una percepción ni una exageración ideológica; es una realidad documentada. Según datos de ONU Mujeres, 1 de cada 3 mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida. En México, la situación es igual de alarmante. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), más del 70% de las mujeres mexicanas ha experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida, ya sea psicológica, económica, física o sexual.
A pesar de estas cifras, el debate suele caer en dos extremos dañinos: por un lado, discursos que trivializan la violencia o culpan a las víctimas; por otro, narrativas que colocan a todos los hombres como potenciales agresores. Ambas posiciones son equivocadas y poco útiles.
La realidad es que la defensa de los derechos de las mujeres también necesita hombres comprometidos.
El problema de la masculinidad mal entendida
Uno de los principales obstáculos es la persistencia de una masculinidad basada en el dominio, la agresividad o el control. Durante generaciones, a muchos hombres se les enseñó que demostrar respeto o empatía era una señal de debilidad. Esa lógica ha generado consecuencias graves.
En México, el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública reporta cientos de feminicidios cada año, mientras que miles de denuncias por violencia familiar se registran mensualmente. En muchos casos, el agresor es una pareja, expareja o familiar cercano.
Esto revela un problema estructural: la violencia contra las mujeres se produce principalmente en entornos donde debería existir protección y cuidado.
El empoderamiento masculino necesario
Hablar de empoderamiento masculino no significa promover superioridad ni paternalismo. Significa formar hombres con tres capacidades básicas:
Respeto activo
No basta con “no agredir”. El respeto implica reconocer la dignidad, autonomía y derechos de las mujeres.
Corresponsabilidad social
La igualdad no es una tarea exclusiva de los movimientos feministas. Los hombres también deben denunciar violencia, rechazar conductas abusivas y educar a otros hombres.
Defensa de derechos
Un hombre empoderado positivamente interviene cuando presencia injusticias, acoso o violencia.
Las malas prácticas que deben criticarse
Pero para avanzar también es necesario señalar lo que está mal.
Primero, la normalización del acoso en espacios públicos, laborales o escolares. Bromas, comentarios o insinuaciones que muchos siguen justificando como “costumbre” son, en realidad, expresiones de violencia simbólica.
Segundo, la indiferencia masculina. Demasiados hombres observan situaciones de violencia y prefieren no intervenir. El silencio también es una forma de complicidad.
Tercero, la manipulación política del tema. En ocasiones, gobiernos o actores políticos utilizan el discurso de defensa de las mujeres como herramienta de propaganda mientras fallan en garantizar seguridad, justicia y prevención.
Educar a los hombres desde la base
Si realmente se quiere transformar la realidad, el cambio debe empezar desde lo básico: educación emocional, valores de respeto y responsabilidad social en los hombres desde la infancia.
Un niño que aprende a respetar a sus compañeras, a controlar la agresividad y a valorar la igualdad difícilmente será un adulto violento.
Por eso el verdadero reto no es enfrentar hombres contra mujeres, sino formar hombres mejores.
Porque una sociedad más justa para las mujeres también necesita hombres que entiendan algo fundamental:
defender los derechos de las mujeres no es una concesión, es una obligación ética y social.
Y en ese desafío, el empoderamiento masculino responsable puede ser parte de la solución, no del problema.