El peligro de gobernar con la víscera

Hay una mala costumbre en la política actual: creer que un buen gobernante es el que toma decisiones rápidas, da manotazos en la mesa y saca decretos de la noche a la mañana para demostrar «mano dura». Nos encanta la idea del héroe que viene a salvar el día con una ocurrencia brillante. Sin embargo, la historia siempre nos demuestra que no hay nada más peligroso que una autoridad desesperada por colgarse una medalla rápida.

El mejor ejemplo de esto pasó hace un siglo en Estados Unidos con la famosa Ley Seca. Con la «buena intención» de acabar con los problemas sociales, el gobierno prohibió el alcohol de un plumazo.

¿Qué pasó?

Lo lógico: la gente no dejó de tomar, pero el negocio pasó a manos de los criminales. El alcohol se volvió de pésima calidad (y hasta venenoso), y nacieron las mafias más peligrosas de la historia, como la de Al Capone.

El remedio salió muchísimo más caro que la enfermedad.

¿Por qué se cometen estos errores tan graves? Porque a la hora de gobernar se nos olvida una virtud clave que defendían los antiguos filósofos: la templanza.

El estoicismo no significa quedarse de brazos cruzados viendo el caos. Al contrario, es el arte de pensar con la cabeza fría. Los grandes pensadores estoicos nos enseñaron que antes de tomar una decisión importante, hay que frenar el primer impulso y domar la emoción.

El estoicismo es, en pocas palabras, el antídoto perfecto contra las decisiones tomadas al aventón, por puro coraje o por desesperación. Es la filosofía que nos exige no actuar desde la víscera.

Cuando un gobierno actúa con pánico o por puro capricho, comete el error de creer que la realidad va a obedecer sus órdenes mágicamente. Pero la realidad no funciona así. Si prohíbes algo sin pensar en cómo va a reaccionar la gente, solo creas un mercado negro. Si lanzas una medida sin medir las consecuencias de las consecuencias, terminas fortaleciendo el problema que querías combatir.

Gobernar con inteligencia requiere madurez para aceptar que los problemas difíciles no se arreglan con salidas fáciles, ni buscando el aplauso rápido de la mañana.

La buena voluntad, cuando no se piensa con calma, no sirve de nada.

Al final, las decisiones arrebatadas casi nunca terminan en soluciones; casi siempre terminan siendo la forma más rápida de arruinarlo todo.