
Por: Gemma GRACIAN
Mis queridas y queridos lectores hay algo profundamente incómodo en escuchar a nuestros gobernantes gritar “¡Viva México!” mientras millones de mexicanos se preguntan si realmente estamos viviendo el México que nos prometieron.
El 15 de septiembre debería ser una de las noches más solemnes de nuestra vida pública. Debería recordarnos que la Independencia nació de una inconformidad profunda frente al abuso, la desigualdad y la ausencia de libertad.
Pero hoy, en demasiados casos, el Grito se ha convertido en espectáculo político.
Balcones, luces, pirotecnia, conciertos, discursos cuidadosamente preparados y arengas cada vez más largas. Todo parece diseñado para producir una fotografía perfecta del poder.
¿Y México?
México sigue esperando.
Porque resulta difícil hablar de libertad cuando tantas familias viven con miedo. Resulta complicado hablar de justicia cuando existen familias que llevan años buscando a los suyos. Y resulta casi ofensivo hablar de un país plenamente soberano cuando buena parte de la conversación pública está marcada por la inseguridad, la violencia, la impunidad y la debilidad de las instituciones.
Este año, en Puebla, el gobernador Alejandro Armenta incorporó a las madres y familias buscadoras a su arenga.
El gesto puede ser simbólicamente importante.
Pero aquí está la pregunta que deberíamos hacernos como sociedad:
¿De qué sirve gritar por las madres buscadoras si después no somos capaces de garantizarles verdad, justicia y resultados?
Porque las madres buscadoras no necesitan que las mencionen desde un balcón.
Necesitan que el Estado las escuche, las proteja y encuentre a sus hijos.
Ese es precisamente el problema de nuestra política actual: hemos convertido las causas sociales en parte del discurso, cuando deberían convertirse en políticas públicas, presupuesto, instituciones y resultados.
Y esto no es exclusivo de un partido.
Es una enfermedad de nuestra clase política.
Gobiernos de todos los colores han aprendido que una buena frase puede generar aplausos durante una noche. Pero gobernar no consiste en conseguir aplausos.
Gobernar consiste en resolver.
El Grito de Independencia no debería ser una competencia por ver quién pronuncia más nombres, quién organiza el concierto más grande o quién logra la plaza más llena.
Debería ser una oportunidad para preguntarnos qué hicimos durante el último año para que México fuera realmente más libre.
¿Más libre de la delincuencia?
¿Más libre de la corrupción?
¿Más libre de la impunidad?
¿Más libre del miedo?
¿Más libre de la pobreza?
¿Más libre de gobiernos que utilizan el poder para dividir a la sociedad?
Porque si la respuesta es no, entonces hay algo profundamente contradictorio entre el discurso y la realidad.
Y quizá por eso los Gritos empiezan a sentirse vacíos.
No porque México no tenga nada que celebrar.
Al contrario.
México tiene demasiado que celebrar como para permitir que su historia sea utilizada únicamente como escenografía política.
Tenemos héroes que dieron su vida por la libertad. Tenemos mujeres que desafiaron las estructuras de su tiempo. Tenemos ciudadanos que han luchado contra abusos de poder. Tenemos millones de mexicanos que trabajan todos los días para sacar adelante a sus familias.
Ellos son los verdaderos protagonistas de esta historia.
No los políticos.
Por eso deberíamos recuperar el sentido del Grito.
Que deje de ser una ceremonia para rendir culto al poder y vuelva a ser una ceremonia para recordar que el poder emana del pueblo y está obligado a responderle.
Que quienes suban a un balcón no solamente griten “¡Viva México!”, sino que puedan mirar a los ciudadanos a los ojos y decirles:
“Cumplimos.”
Porque un gobierno no demuestra su patriotismo con el volumen de sus arengas.
Lo demuestra con escuelas que funcionan, hospitales que atienden, policías que protegen, jueces que imparten justicia, instituciones que no se someten al poder y ciudadanos que pueden caminar por las calles sin miedo.
Eso también es independencia.
Eso también es soberanía.
Eso también es patria.
Y mientras sigamos confundiendo propaganda con resultados, discurso con gobierno y espectáculo con patriotismo, tendremos que seguir haciéndonos la misma pregunta cada 15 de septiembre:
¿Estamos celebrando la Independencia de México o simplemente celebrando a quienes hoy tienen el poder?
Porque México no necesita políticos que sepan gritar más fuerte.
Necesita gobiernos que tengan algo que celebrar cuando llegue la hora de rendir cuentas.
Y quizá el verdadero Grito que México necesita no salga de un balcón.
Salga de los ciudadanos.
Un grito de exigencia.
De libertad.
De dignidad.
De memoria.
Y, sobre todo, de un país que ya no esté dispuesto a conformarse con discursos.
¡Viva México! Sí.
Pero que viva de verdad.