Cuando el hartazgo es palpable

CHOLULA.- La primera vez que entré al pabellón COVID fue en mayo, el pico comenzaba a elevarse inclemente, la curva no daba tregua, era el inicio de la pandemia, cuando finalmente entré, sudé como nunca, me coloqué tres pares de guantes, dos batas, un overol de plástico, googles y una mascarilla que me hacía hablar como Bane o Darth Vader, con dos enormes filtros en sus laterales, en esa entrada vi como el miedo traspasaba los googles, como la voz se quebraba en los recovecos de la mascarilla.

Parte del entrenamiento de cualquier médico, de cualquier universidad, consiste en saber que hacer cuando la muerte abre sus alas y gana la batalla, como médico, nunca vi a tanta gente morir en tan poco tiempo, algunos de mis compañeros empezaron a manifestar ansiedad, estrés y depresión, personalmente la ansiedad volvió, con el uso del cubrebocas, la mirada comenzó a decir más que las palabras, la desesperación, el miedo y el terror afloraron en los ojos del personal.

Era desesperante escuchar las sirenas desgarrar el silencio de las cálidas noches de mayo, no existen palabras para describir el peregrinar desde urgencias hasta el pabellón COVID, toda protección parecía insuficiente, todo el cloro se convertía en agua mientras la cápsula donde iba el paciente cruzaba veloz los pasillos del hospital.

Fue algo indescriptible ver como se renovaban los pacientes semana a semana, un pequeño porcentaje egresaba recuperado, el resto se deterioraba con el tiempo, algunas veces los más jóvenes eran quienes más rápido se iban, era imposible alcanzarlos, pero lo que más me sorprendía era ver a la gente en la calle, valiéndole la distancia, el cubrebocas, llevando hasta al perro a la tienda.

Después del miedo, llegó el hartazgo, es desesperante ver como ignoran las normas, como burlan los filtros, como hacen reuniones o fiestas clandestinas, es muy desesperante vivir en el país donde no pasa nada, donde la gente pide a gritos la sangre del personal de salud, como si sacrificarlos fuera a terminar con esta crisis.

Finalmente, lo que ahora transmiten las miradas, dejó de ser miedo, y pasó a ser hartazgo, desesperación, no falta mucho para que el personal de salud, a quien el gobierno insiste en llamar héroes y permitir que su sangre sea derramada como tal, se harte totalmente y decida desobedecer el sagrado juramento que hizo.

Esta pandemia nos ha enseñado muchas cosas, desde el inmenso valor de la ciencia, y su correcta aplicación, hasta lo terrible que puede ser el ser humano y la sociedad en la que se compone.

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