
Enseñar a alguien es una de las actividades más nobles del ser humano, no significa solo cuidado es autopreservación de la vida y del conocimiento puesto que conocimiento que no se comparte termina por extinguirse; bajo esta óptica nuestro más grande reconocimiento a todas las personas que día a día dan su esfuerzo para compartir conocimiento, gracias infinitas a los docentes, maestras y maestros que encontramos a lo largo de la vida.
¿Será que seguimos socialmente agradecidos con su labor? pero la cuestión es mucho más profunda, ¿Por qué ya no entendemos el merito de la educación y el cuidado?, y es que esto trasciende de las aulas, en días pasados se ha suscitado el debate del calendario escolar, entre los inconformes de acortarlo y las condiciones que no favorecen que las infancias se queden tanto tiempo en el hogar; pareciera que ya nadie tiene el tiempo para dedicarse a estas nobles labores. Y no me mal entiendan yo también fui esa mamá molesta y no porque no amara a mis hijos, sino porque tenía que elegir en ocasiones entre cuidar o proveer; pero también fui la maestra que sabe el reto que es estar frente a un grupo de estudiantes quienes por diversas circunstancias no pueden prestar la atención esperada y no puedo sino preguntarme socialmente ¿qué nos está pasando?
Será que estamos llegando a un punto donde las generaciones ya no quieren aprender o ¿tal vez es que ya no se quiere enseñar?, lo cierto es que cuando nos cuestionemos el porque de las pequeñas cosas diarias, tal vez tengamos la respuesta de las grandes incógnitas y del rumbo que estamos llevando como sociedad, ojalá pronto aprendamos a enseñar y mucho más importante ojalá que queramos aprender.
En los últimos años socialmente ya no se reconoce la ardua labor de estar frente a grupo, de guiar, de transmitir conocimiento, y ello no solo afecta la percepción social, también dejamos a la deriba a los miles de maestros que sostienen el país.