
PRIMERA PARTE
El 10 de agosto de 2026, Colombia enfrentó uno de esos acontecimientos que, por su magnitud y sus consecuencias, dejan de ser únicamente un fenómeno geológico para convertirse en una experiencia colectiva de dolor. Un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en el municipio de San José del Palmar, en el departamento del Chocó, sacudió buena parte del territorio colombiano.
Desde la tanatología, el análisis de un desastre de esta naturaleza no puede limitarse al número de personas fallecidas, edificios destruidos o viviendas afectadas. Detrás de cada cifra existe una historia interrumpida: una familia que perdió a uno de sus integrantes, una persona que sobrevivió pero tuvo que enfrentarse a la desaparición de alguien cercano, un rescatista que encuentra cuerpos entre los escombros o una comunidad que, de un momento a otro, pierde el lugar que reconocía como hogar.
Una de las características más difíciles de procesar después de un terremoto es la manera abrupta en que aparece la muerte. No existe necesariamente una preparación previa. Las personas se encuentran realizando actividades ordinarias cuando, en cuestión de segundos, su realidad cambia.
La muerte inesperada puede producir incredulidad, negación, sentimientos de culpa, enojo y una necesidad insistente de reconstruir mentalmente los últimos momentos de la persona fallecida.
En un desastre, además, el duelo deja de ser exclusivamente individual. Se convierte en un fenómeno comunitario. Calles, escuelas, hospitales, iglesias y espacios públicos pueden transformarse simultáneamente en escenarios de pérdida, búsqueda y despedida.
El terremoto colombiano ha dejado una huella particularmente profunda en ciudades y regiones como Pereira, Cali, Manizales y Quibdó, donde se han reportado importantes daños estructurales y víctimas. La magnitud humana del desastre ha continuado modificándose conforme avanzan las labores de rescate e identificación.
Uno de los momentos más delicados dentro de una emergencia es la recuperación e identificación de las personas fallecidas.
Para los familiares, conocer el destino de un ser querido constituye una necesidad fundamental. La incertidumbre puede ser incluso más dolorosa que la confirmación de la muerte, porque mantiene abierta una posibilidad que impide comenzar a elaborar el duelo.
La tanatología reconoce la importancia de los rituales de despedida. Sin embargo, después de un desastre natural, esos rituales pueden verse alterados por las condiciones de seguridad, la identificación de cuerpos, los procedimientos forenses y la propia magnitud de la tragedia.
Cuando una familia no puede realizar inmediatamente un funeral, reconocer físicamente al fallecido o recuperar sus pertenencias, el proceso de despedida puede adquirir características particulares.
Por ello, la atención tanatológica no debería comenzar únicamente después del funeral. También puede ser necesaria durante las primeras horas y días de la emergencia, acompañando a las familias en la incertidumbre y proporcionando espacios donde puedan expresar miedo, enojo, tristeza y confusión.
Existe una idea equivocada según la cual quien sobrevive a una tragedia debería sentirse afortunado y continuar con su vida. Desde la perspectiva tanatológica, sobrevivir no significa necesariamente estar emocionalmente ileso.
Una persona puede haber perdido su casa, sus pertenencias, su fuente de ingresos, su comunidad o a familiares y amigos. Incluso quien no perdió a un ser querido puede experimentar una profunda sensación de vulnerabilidad.
Después del terremoto pueden aparecer preguntas difíciles:
¿Por qué yo sobreviví?
¿Por qué murió otra persona?
¿Qué habría ocurrido si hubiera estado en otro lugar?
¿Pude haber hecho algo para evitarlo?
Estas preguntas pueden acompañarse de sentimientos de culpa del sobreviviente. No significan necesariamente que exista una responsabilidad real; muchas veces son una manera mediante la cual la mente intenta encontrar una explicación ante un acontecimiento que parece absurdo.
Los desastres naturales producen una particular transformación de la comunidad. Las diferencias sociales pueden disminuir temporalmente frente a una amenaza compartida. Vecinos, familiares, desconocidos, paramédicos, bomberos, policías y voluntarios participan en labores de búsqueda, rescate y asistencia.
CONTINURÁ…