
Para un servidor, evoca días de sol, juegos, el descubrimiento de la naturaleza y las primeras lecciones de independencia en la niñez. Son recuerdos que se atesoran con una sonrisa.
Sin embargo, esa imagen de inocencia se quiebra de tajo y se llena de una profunda impotencia al confrontar tragedias como la de Dafne, una niña de apenas 13 años a la que le arrebataron la vida en un espacio que, bajo engaños, prometía formación y cuidado.
Resulta francamente incomprensible observar cómo operan estas mal llamadas «academias militarizadas».
Bajo una falsa fachada castrense, y en un alarde de cinismo sin límites, muchas de estas instituciones operan presumiendo avales oficiales u otorgando supuestos títulos de la SEP.
A todas luces, a plena luz del día y frente a las autoridades, cometen actos ilegales, vejaciones y abusos disfrazados de «disciplina estricta».
Y aquí radica una de las mayores tragedias de nuestra administración pública: el letargo.
Nadie regula, nadie clausura, nadie investiga, hasta que ocurre lo irreparable. Ya lo advertía el pensamiento estoico con profunda claridad: «A menudo se comete una injusticia no sólo por acción, sino también por inacción».
La ceguera burocrática de las autoridades educativas y de supervisión que permitieron que este centro en Tamaulipas operara en la impunidad, es cómplice por omisión de la barbarie que allí se vivía.
Genera una tristeza infinita pensar en el sufrimiento de una menor en un entorno de tortura sistematizada, pero también genera rabia saber lo que depara el sistema.
Como analistas de la realidad pública, conocemos demasiado bien el pesado engranaje de nuestro aparato de justicia.
Sabemos, y duele admitirlo, que las respuestas tardarán en llegar. El laberinto legal y procesal se prolongará, los deslindes de responsabilidad intentarán diluir las culpas, y la búsqueda de todos los implicados será un camino tortuoso para una familia que hoy está destrozada.
La verdadera justicia (esa que no solo encierra a los culpables, sino que reforma el sistema para que algo así jamás vuelva a ocurrir) parece, por ahora, una promesa lejana. No podemos permitir que el dolor se convierta simplemente en otro expediente archivado. La rectitud de un Estado se mide por cómo protege a los más vulnerables, y en el caso de Dafne, el sistema le falló en todos y cada uno de los frentes.
Que esta tragedia nos despierte de la inacción.