
Para mí la respuesta sería un sí, quiero que desaparezca no porque me moleste, sino porque añoro un mundo en donde ya no sea necesario tanto activismo o luchas y protestas; un mundo en donde nuestra conciencia social y nuestro aprendizaje interno y amor por el otro sea nuestra bandera y la palabra discriminación sea un rancio pensamiento que quede en la historia y se vuelva un fósil que solo se conozca en clases escolares y museos.
Los seres humanos no deberíamos andar por ahí luchando por derechos que nos corresponden desde el nacimiento, sobre todo por cuestiones que no podemos elegir como: el sexo, el color de piel, la nacionalidad, nuestra edad, o nuestras capacidades, tampoco decidimos quien nos atrae. Así como otras cosas que, si podemos cambiar, pero es más complicado de lo que se aparenta como: la religión, nuestra forma de vestir o expresarnos, entre otras cosas; al final todo comienza en el contexto donde nos desarrollamos, incluso la misma discriminación que empieza en casa.
¿Cuántas veces nos hemos cuestionado nuestras creencias? Al punto de analizarlas una por una y saber cuáles creencias me limitan en mi desarrollo como ser humano y en el respeto que debo de tener por el otro.
Respecto al feminismo, quiero un mundo en el que las mujeres puedan decidir sus roles, un mundo un poquito más justo en el que entendamos que la crianza de un nuevo ser humano no depende solo de la madre, ese mundo donde se reconozca la fuerza y la importancia del hombre en la familia y la relevancia de la mujer fuera del hogar. Un mundo donde las mujeres que quieran puedan ser madres y las que no, puedan ser libres de no serlo, donde los hombres puedan llorar sin represarías sociales, una utopía que seguramente no verán mis ojos, pero sé que las nuevas generaciones a su modo están construyendo y mientras tanto volteemos de vez en cuando para atrás porque las generaciones pasadas tienen mucho que enseñarnos.