
SEGUNDA PARTE
De acuerdo con el Instituto Nacional Electoral, en los comicios de 2024 participó 64.3% de la ciudadanía inscrita en la lista nominal del estado.
Esto significa que 35.7% no acudió a votar.
En términos sencillos, aproximadamente uno de cada tres electores decidió no participar.
Y eso ocurrió durante una elección presidencial, cuando normalmente existe mayor movilización política.
En los comicios intermedios de 2021, la participación poblana fue menor, cercana al 55%.
Por lo tanto, 2027 representa un desafío.
Porque no habrá elección presidencial ni renovación de la gubernatura de Puebla.
Los partidos deberán convencer a los ciudadanos de participar en una contienda centrada principalmente en diputaciones y ayuntamientos.
Y no deberían dar por hecho que la ciudadanía acudirá automáticamente a las urnas.
Una democracia donde millones de personas no participan merece una revisión profunda de la relación entre representantes y representados.
La desconfianza tiene números
La apatía electoral no puede explicarse solamente diciendo que a los ciudadanos no les interesa la política.
También debemos preguntarnos qué han hecho los políticos para merecer su confianza.
La Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental 2025 del INEGI, publicada en 2026, encontró que apenas 23.9% de la población adulta encuestada a nivel nacional manifestó mucha o algo de confianza en los partidos políticos.
En contraste, 83.9% consideró frecuentes o muy frecuentes los actos de corrupción en ese sector.
Los gobiernos municipales tampoco obtuvieron resultados particularmente favorables: solamente 42.8% expresó confianza en ellos.
Son indicadores nacionales, no estimaciones específicas para Puebla, pero revelan un problema estructural de credibilidad.
¿Cómo pretenden los partidos convencer a los ciudadanos de votar si las propias instituciones políticas enfrentan semejantes niveles de desconfianza?
La respuesta no debería ser contratar más publicidad.
Debería ser recuperar la credibilidad mediante resultados, transparencia y propuestas serias.
Porque la confianza no se construye solamente durante las campañas.
Se construye gobernando.
Puebla necesita proyectos, no solamente candidatos
En los próximos meses veremos aspirantes que hablarán de transformación, continuidad, cambio, progreso y bienestar.
Palabras que hemos escuchado durante décadas.
Pero los ciudadanos deberían comenzar a exigir algo más.
Si alguien aspira a gobernar Puebla capital, San Andrés Cholula, San Pedro Cholula, Cuautlancingo, Tehuacán, Atlixco o cualquier otro municipio, debería presentar un diagnóstico concreto de los problemas que pretende resolver.
¿Cuál es su propuesta de seguridad pública?
¿Cuánto costará?
¿De dónde saldrán los recursos?
¿Qué indicadores utilizará para medir resultados?
¿Qué hará durante sus primeros cien días?
¿Qué metas pretende cumplir al finalizar los tres años de gobierno?
Y, sobre todo:
¿Qué experiencia y preparación tiene para ejecutar lo que promete?
Porque ofrecer mejores calles, mayor seguridad y servicios eficientes resulta sencillo frente a un micrófono.
Lo complicado es demostrar cómo se conseguirán esos resultados.
La democracia no debería ser un concurso de popularidad
Uno de los principales problemas de la política contemporánea es que hemos comenzado a confundir posicionamiento con preparación
Un aspirante puede tener miles de seguidores.
Puede aparecer constantemente en medios de comunicación.
Puede realizar eventos multitudinarios.
Puede encabezar encuestas de reconocimiento.
Pero nada de eso demuestra que conozca administración pública, finanzas municipales, planeación estratégica, legislación, políticas públicas o gestión de servicios.
Y ahí tenemos una enorme responsabilidad como ciudadanos.
No basta con preguntar quién es el más conocido.
Deberíamos preguntar quién tiene mejores propuestas.
Quién cuenta con un equipo profesional.
Quién entiende los problemas del municipio.
Quién tiene antecedentes de resultados.
Y quién puede explicar cómo financiará sus compromisos.
La democracia se empobrece cuando elegimos por simpatía a quienes después deberán tomar decisiones técnicas y administrar millones de pesos.
Los jóvenes: entre el desencanto y la oportunidad de participar
Otro desafío será convencer a los jóvenes de que la política también les pertenece.
Durante años hemos escuchado que las nuevas generaciones muestran poco interés por los partidos tradicionales.
Pero sería un error interpretar el rechazo a ciertas prácticas políticas como falta de interés por los asuntos públicos.
Los jóvenes participan en causas sociales, ambientales, culturales, educativas y comunitarias.
El problema aparece cuando no encuentran en los partidos políticos mecanismos creíbles para transformar esas preocupaciones en decisiones públicas.
La elección de 2024 en Puebla también mostró diferencias importantes de participación.
Según el estudio muestral del INE, 69.5% de las mujeres acudió a votar, frente a 58.3% de los hombres.
Una diferencia de 11.2 puntos porcentuales.
Esto demuestra que la participación no es homogénea y que las estrategias de educación cívica deben reconocer las diferencias entre grupos de población.
Los partidos deberían acercarse a los jóvenes con propuestas sobre empleo, educación, vivienda, seguridad, tecnología y oportunidades profesionales.
No solamente con videos, tendencias o contenidos diseñados para conseguir reproducciones.
Porque los jóvenes no necesitan políticos que aparenten ser influencers.
Necesitan representantes que comprendan su realidad.
También debemos cuestionar a los partidos políticos
Morena, PAN, PRI, Movimiento Ciudadano y las demás fuerzas políticas tendrán la responsabilidad de seleccionar candidaturas.
Y aquí existe una pregunta que pocas veces se responde con seriedad:
¿Qué criterios utilizan para determinar quién está preparado para gobernar?
¿La trayectoria?
¿La capacidad administrativa?
¿La formación académica?
¿La experiencia profesional?
¿La honestidad?
¿La calidad de sus propuestas?
¿O simplemente la posibilidad de ganar?
Las encuestas pueden ser instrumentos útiles para conocer preferencias y niveles de conocimiento.
Pero no deberían sustituir la evaluación de competencias.
Una persona puede ser electoralmente competitiva y administrativamente incapaz.
Y cuando eso ocurre, las consecuencias las pagan los ciudadanos durante tres años.
Por eso los partidos deberían asumir una responsabilidad que va más allá de obtener votos.
Seleccionar candidatos preparados también es una obligación política frente a la sociedad.
El abstencionismo no castiga necesariamente a quienes gobiernan mal
Existe una idea equivocada que debemos discutir.
Algunos ciudadanos consideran que no votar representa una forma de castigar a los partidos.
Puede expresar rechazo, desconfianza o inconformidad.
Pero abstenerse no garantiza que los políticos cuestionados pierdan.
La elección se define con los votos válidamente emitidos.
Cuando disminuye la participación, las estructuras partidistas organizadas pueden adquirir mayor peso relativo
Por eso la abstención puede terminar favoreciendo precisamente a quienes cuentan con maquinarias electorales sólidas.
No significa que todos deban apoyar a determinado partido.
Significa que renunciar al voto tampoco asegura que cambien las cosas.
La participación crítica exige informarse, comparar candidaturas, examinar propuestas y utilizar las opciones legales disponibles para expresar una decisión.
Porque votar no significa entregar un cheque en blanco.
Significa ejercer un derecho que debe complementarse con vigilancia y exigencia de resultados.
Los ciudadanos también debemos cambiar
Sería sencillo responsabilizar exclusivamente a los partidos.
Pero la democracia también exige una ciudadanía más crítica.
No podemos continuar eligiendo candidatos solamente porque regalaron algo, organizaron un evento, tienen buena imagen o pertenecen al partido de nuestra preferencia.
Tampoco podemos exigir mejores gobiernos si durante las campañas no dedicamos tiempo a conocer las propuestas.
Las elecciones deberían convertirse en ejercicios de evaluación pública.
Los ciudadanos deberían exigir debates.
Los medios de comunicación deberían contrastar promesas con datos.
Las universidades podrían organizar encuentros con aspirantes.
Los organismos empresariales y las asociaciones civiles tendrían que presentar agendas de desarrollo.
Y los candidatos deberían comprometerse con metas verificables.
Porque una propuesta sin presupuesto, calendario e indicadores puede convertirse simplemente en otra promesa electoral.
Puebla 2027: una oportunidad para cambiar la discusión
La elección de 2027 puede convertirse en otra disputa de estructuras, propaganda y popularidad.
O puede representar una oportunidad para elevar la calidad del debate público.
Puebla necesita discutir seguridad, crecimiento económico, pobreza, movilidad, servicios públicos, educación, medio ambiente, desarrollo regional y combate a la corrupción.
Necesita discutir cómo mejorar la administración de sus 217 municipios.
Necesita representantes capaces de fiscalizar y legislar.
Y necesita partidos que entiendan que la ciudadanía no está obligada a aplaudirles.
Los datos deberían preocuparnos.
En 2024, 35.7% de los electores poblanos no votó.
A nivel nacional, solamente 23.9% manifestó confianza en los partidos políticos.
Y en 2027 estarán en disputa cientos de cargos públicos que determinarán decisiones fundamentales para el desarrollo de Puebla.
La pregunta es si los partidos estarán a la altura.
Porque mientras los aspirantes se preocupan por quién aparece primero en las encuestas, los ciudadanos deberían preocuparse por algo mucho más importante:
¿Quién tiene realmente la capacidad de resolver nuestros problemas?
Y quizá ahí esté el verdadero desafío electoral.
No necesitamos más candidatos que prometan cambiarlo todo.
Necesitamos propuestas que expliquen cómo hacerlo.
No necesitamos campañas que solamente busquen emocionar.
Necesitamos proyectos que puedan evaluarse.
No necesitamos ciudadanos resignados ni indiferentes.
Necesitamos una sociedad que participe, cuestione y exija.
Porque la democracia no se debilita únicamente cuando los políticos incumplen.
También se debilita cuando los ciudadanos dejan de exigirles.
En 2027, Puebla no debería elegir al candidato que más propaganda tenga, sino exigir que todos demuestren por qué merecen gobernar.
Y los partidos deberían comprender una verdad que parecen olvidar cada tres años:
El problema no es solamente que la gente deje de votar. El problema es que la política ha dejado de ofrecer suficientes razones para recuperar su confianza.