Políticos sin preparación: cuando ganar elecciones parece suficiente para gobernar

PRIMERA PARTE

En México hemos cometido un error peligroso: confundir ganar una elección con saber gobernar.

Una persona puede obtener miles de votos, dominar las redes sociales, llenar eventos, aparecer diariamente en medios de comunicación y tener una extraordinaria estructura partidista.

Pero nada de eso garantiza que sepa administrar un presupuesto público, interpretar una ley, diseñar una política pública, evaluar indicadores, enfrentar una crisis de seguridad o comprender cómo funciona la administración gubernamental.

Y ahí comienza uno de los grandes problemas de nuestra democracia.

Tenemos políticos profesionales, pero no necesariamente servidores públicos profesionales.

La diferencia es enorme.

El primero aprende cómo ganar elecciones.

El segundo debería saber qué hacer después de ganarlas.

La democracia exige votos, pero gobernar exige conocimientos

Nuestra Constitución establece requisitos para acceder a distintos cargos de elección popular, pero en términos generales no exige una formación profesional especializada para convertirse en diputado, senador, presidente municipal o legislador local.

Esto tiene una explicación democrática razonable.

El derecho a ser votado no debería quedar reservado exclusivamente para quienes poseen títulos universitarios. Un campesino, comerciante, trabajador, indígena, empresario, profesor o profesionista debe tener la posibilidad de representar a su comunidad.

El problema, por tanto, no es exigir títulos.

El problema es llegar al poder y negarse a prepararse.

Porque gobernar en el siglo XXI es extraordinariamente complejo.

Un presidente municipal debe comprender presupuestos, seguridad pública, desarrollo urbano, servicios públicos, transparencia, deuda, protección civil, obra pública y normatividad.

Un diputado debe analizar iniciativas, presupuestos, leyes, cuentas públicas y políticas gubernamentales.

Un gobernador administra miles de millones de pesos y toma decisiones que afectan educación, salud, seguridad, infraestructura y desarrollo económico.

¿Realmente podemos aceptar que para administrar una empresa se exija experiencia, pero para administrar un municipio, un estado o incluso el país baste con ganar una elección?

Puebla tampoco escapa al problema

En Puebla hemos observado durante años cómo algunos cargos públicos se convierten en premios políticos.

Personajes que un día participan en campañas electorales aparecen posteriormente encabezando áreas técnicas para las que aparentemente tienen poca experiencia.

Cambian las administraciones y también cambian funcionarios completos.

El especialista sale.

El operador político entra.

Después vuelve a cambiar el gobierno y comienza nuevamente la historia.

El costo lo paga la ciudadanía.

Porque cada curva de aprendizaje dentro del gobierno cuesta dinero público.

Mientras el funcionario aprende qué hace su dependencia, los problemas continúan.

Los baches no esperan.

La inseguridad no espera.

La basura no espera.

El agua potable no espera.

Y los ciudadanos mucho menos.

Popularidad no significa capacidad

Las redes sociales agravaron el problema.

Actualmente un político puede construir una carrera alrededor de seguidores, reproducciones y viralidad.

Puede tener cientos de miles de seguidores y, al mismo tiempo, desconocer cómo se construye una política pública.

Puede dominar TikTok y no comprender un presupuesto.

Puede pronunciar discursos extraordinarios y no saber interpretar indicadores.

Puede tener millones de visualizaciones y presentar una productividad legislativa cuestionable.

No significa que las redes sociales sean negativas.

Son extraordinarias herramientas de comunicación política.

El problema comienza cuando la capacidad de comunicar sustituye a la capacidad de gobernar.

Ser popular puede ganar elecciones.

Pero la popularidad no pavimenta calles.

Un «like» no disminuye la incidencia delictiva.

Un video viral no mejora automáticamente el sistema de agua potable.

Y una buena fotografía no sustituye una política pública.

Tampoco los títulos garantizan buenos gobiernos

Aquí también debemos evitar otra simplificación.

CONTINUARA…