
SEGUNDA PARTE
Tener licenciatura, maestría o doctorado tampoco garantiza ser un buen gobernante.
México ha tenido funcionarios extraordinariamente preparados académicamente que terminaron tomando malas decisiones.
Incluso hemos tenido personajes con una formación privilegiada involucrados posteriormente en corrupción o abuso de poder.
Por eso el debate no debería reducirse a:
¿Qué estudió el político?
La pregunta correcta sería:
¿Tiene las competencias necesarias para desempeñar el cargo que ocupa?
Conocimiento.
Experiencia.
Capacidad administrativa.
Ética.
Liderazgo.
Pensamiento crítico.
Comprensión de datos.
Capacidad para formar equipos.
Y disposición permanente para aprender.
Eso es profesionalización.
El problema comienza en los partidos
Los partidos políticos tienen una responsabilidad enorme.
Durante años, buena parte de las candidaturas se han definido mediante criterios relacionados con popularidad, grupos internos, cuotas, alianzas, relaciones personales o capacidad para conseguir votos.
La pregunta suele ser:
¿Quién puede ganar?
Cuando también debería preguntarse:
¿Quién puede gobernar?
No siempre ambas respuestas corresponden a la misma persona.
Ese es uno de los grandes defectos de nuestro sistema político.
Nos hemos especializado extraordinariamente en fabricar candidatos.
Pero mucho menos en formar gobernantes.
Los partidos deberían convertirse también en verdaderas escuelas de administración pública, economía, derecho, comunicación, políticas públicas, negociación, ética y análisis de datos.
Quien aspire a gobernar debería prepararse antes de pedir el voto.
Improvisar también cuesta
La falta de preparación política no solamente produce declaraciones desafortunadas.
Puede costar millones de pesos.
Una mala licitación cuesta.
Una obra deficientemente planeada cuesta.
Una política pública diseñada sin diagnóstico cuesta.
Un programa social sin evaluación cuesta.
Una decisión financiera equivocada cuesta.
Y cuando hablamos de seguridad, salud o protección civil, una mala decisión incluso puede costar vidas.
Por eso debería preocuparnos mucho más la preparación de quienes toman decisiones públicas.
En cualquier empresa seria existe capacitación.
Los médicos se actualizan.
Los profesores estudian.
Los abogados se especializan.
Los ingenieros se certifican.
¿Por qué habríamos de pensar que un político no necesita hacerlo?
México necesita profesionalizar la política
No propongo convertir un título universitario en requisito obligatorio para participar democráticamente.
Eso excluiría a millones de ciudadanos valiosos.
Propongo algo diferente.
Que después de ganar una elección exista capacitación institucional obligatoria y permanente.
Administración pública para alcaldes.
Técnica legislativa para diputados.
Presupuesto público.
Transparencia.
Derechos humanos.
Seguridad.
Perspectiva de género.
Políticas públicas.
Planeación estratégica.
Uso e interpretación de indicadores.
Ética y responsabilidades administrativas.
Y evaluaciones periódicas que permitan conocer cuánto aprendieron y cómo están desempeñándose.
La capacitación no debería ser un curso ceremonial de tres horas para obtener una fotografía y una constancia.
Debería formar parte de la responsabilidad de gobernar.
También nosotros tenemos responsabilidad
Finalmente existe una verdad incómoda.
Los políticos que tenemos también son resultado de los políticos que elegimos.
Si como ciudadanos votamos únicamente por el personaje más conocido, el video más divertido, el apellido más famoso, el partido favorito o quien aparece más veces en nuestra pantalla, después resulta contradictorio sorprendernos cuando algunos llegan al gobierno sin preparación suficiente.
La democracia también exige ciudadanos informados.
Antes de votar deberíamos preguntar:
¿Qué experiencia tiene?
¿Qué resultados ha obtenido?
¿Qué sabe hacer?
¿Conoce los problemas del cargo?
¿Tiene un equipo competente?
¿Puede explicar cómo financiará sus propuestas?
¿O simplemente sabe hacer campaña?
México no necesita únicamente mejores candidatos.
Necesita mejores gobernantes.
Y Puebla también.
Porque el verdadero examen de un político no ocurre durante una campaña electoral.
Comienza al día siguiente de ganar.
Ahí se terminan los discursos.
Ahí dejan de servir los eslóganes.
Ahí los seguidores de redes sociales dejan de ser suficientes.
Y comienza aquello para lo que muchos políticos quizá nunca se prepararon:
gobernar.