
PRIMERA PARTE
En México hay una pobreza que podemos medir en pesos, ingresos, carencias y porcentajes. Pero existe otra dimensión, mucho más difícil de cuantificar, que también debería preocuparnos: la resignación ante la desigualdad, la pérdida de expectativas y la normalización de vivir sin oportunidades.
La primera se refleja en las estadísticas.
La segunda puede manifestarse cuando una persona deja de creer que estudiar, trabajar o esforzarse le permitirá mejorar sus condiciones de vida.
Y ambas merecen una discusión seria.
Porque la pobreza no solamente limita lo que una persona puede comprar. También puede restringir las oportunidades que tiene para imaginar y construir su futuro.
38.5 millones de mexicanos siguen siendo pobres
Los datos oficiales más recientes de pobreza multidimensional, correspondientes a 2024 y publicados por el INEGI en agosto de 2025, revelan que 38.5 millones de mexicanos viven en situación de pobreza, equivalentes al 29.6% de la población.
De ellos, 7 millones se encuentran en pobreza extrema.
Es decir, millones de personas carecen de ingresos suficientes para cubrir necesidades fundamentales y enfrentan privaciones en derechos sociales.
Hay una noticia positiva que debemos reconocer: entre 2022 y 2024, aproximadamente 8.3 millones de personas salieron de la pobreza multidimensional.
Es un avance importante.
Sería incorrecto negarlo por diferencias políticas.
Pero también sería irresponsable presentar la reducción como si México hubiera resuelto el problema.
Porque 38.5 millones de personas no son una cifra menor.
Son millones de historias de desigualdad, dificultades económicas y oportunidades limitadas.
Y siete millones de mexicanos en pobreza extrema representan una deuda social que ningún gobierno debería considerar aceptable.
Un México donde unos ganan catorce veces más que otros
La desigualdad también tiene números.
De acuerdo con la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2024 del INEGI, el 10% de los hogares con menores ingresos recibió, en promedio, 5 mil 598 pesos mensuales.
En contraste, el 10% con mayores ingresos alcanzó 78 mil 698 pesos mensuales.
Una diferencia de catorce veces.
Es verdad que esa brecha se redujo respecto de años anteriores.
Pero continúa siendo enorme.
Mientras algunas familias pueden ahorrar, invertir, viajar y financiar una educación de calidad, otras deben decidir cómo distribuir un ingreso insuficiente entre alimentos, transporte, vivienda y medicamentos.
Y ahí comienza una desigualdad que va mucho más allá del dinero.
Porque quien nace en un hogar con recursos tiene mayores posibilidades de acceder a determinadas oportunidades.
Mientras quien nace en condiciones de pobreza suele enfrentar obstáculos adicionales desde la infancia.
El problema no es solamente cuánto dinero tiene cada familia, sino cuántas oportunidades reales tiene cada niño para construir una vida diferente.
La otra pobreza: cuando dejamos de creer que podemos avanzar
Aquí quiero introducir un concepto que merece reflexión: lo que coloquialmente podríamos llamar pobreza mental.
No me refiero a una enfermedad ni a una condición que pueda diagnosticarse con una encuesta económica.
Mucho menos a afirmar que las personas son pobres porque piensan como pobres.
Esa sería una explicación superficial e injusta.
Me refiero a algo distinto.
A la pérdida de expectativas.
A la resignación.
A normalizar la desigualdad.
A creer que las cosas nunca cambiarán.
A aceptar que un empleo precario es lo único a lo que podemos aspirar.
A dejar de estudiar porque parece imposible conseguir un trabajo mejor.
A pensar que emprender es solamente para quienes tienen dinero o relaciones.
Y a una sociedad que, después de convivir durante generaciones con la desigualdad, termina considerando normales condiciones que deberían indignarnos.
Esta dimensión no puede reducirse a la actitud individual.
La resignación también puede ser consecuencia de oportunidades negadas repetidamente.
Cuando una persona se esfuerza durante años y no logra mejorar sus condiciones, no necesariamente le falta ambición.
Puede faltarle acceso a crédito, educación de calidad, seguridad, redes de apoyo o un mercado laboral que recompense su preparación.
Por eso combatir la pobreza requiere transformar tanto las condiciones materiales como las posibilidades reales de desarrollo.
Trabajar y seguir siendo pobre
Una de las mayores contradicciones de México es que tener empleo no garantiza bienestar.
Millones de mexicanos trabajan jornadas completas, emprenden pequeños negocios, venden productos, prestan servicios o realizan actividades por cuenta propia.
CONTINUARA…