miércoles, 21 de octubre de 2026 Noticias al momento
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SEGUNDA PARTE

Y aun así enfrentan dificultades para sostener a sus familias.

La informalidad, la falta de seguridad social y los ingresos insuficientes limitan la capacidad de ahorrar, invertir o enfrentar una emergencia.

El problema no se resuelve diciéndole a la gente que trabaje más.

Muchos ya trabajan demasiado.

La pregunta debería ser por qué una economía permite que tantas personas trabajen sin alcanzar condiciones suficientes de bienestar.

Porque cuando el esfuerzo no se traduce en movilidad social, el problema deja de ser exclusivamente individual.

Se convierte en un fracaso de las oportunidades económicas.

La pobreza también se hereda cuando las oportunidades no llegan

La educación debería representar una de las principales herramientas para romper los ciclos de pobreza.

Sin embargo, las diferencias en alimentación, infraestructura escolar, conectividad, recursos familiares y calidad educativa pueden producir trayectorias profundamente desiguales.

No comienza en igualdad de condiciones un estudiante que dispone de computadora, internet, libros y apoyo académico frente a otro que debe trabajar, trasladarse largas distancias o estudiar en una escuela con carencias.

Ambos pueden tener talento.

Ambos pueden esforzarse.

Pero no cuentan necesariamente con las mismas oportunidades.

Por eso resulta tan peligroso afirmar que todo depende de la mentalidad.

El talento está distribuido en toda la sociedad; las oportunidades, no.

Y un país que desperdicia el talento de millones de jóvenes está condenando parte de su propio futuro.

Los gobiernos tampoco deben conformarse con administrar la pobreza

Aquí aparece una crítica necesaria para todos los partidos políticos.

Durante décadas, los gobiernos mexicanos han convertido el combate a la pobreza en una de sus principales banderas.

Unos hablan de justicia social.

Otros de crecimiento económico.

Otros de oportunidades.

Y prácticamente todos presentan programas sociales como demostración de compromiso con los sectores más vulnerables.

Los apoyos económicos pueden ser fundamentales para proteger a las familias y reducir carencias.

De hecho, las mediciones de ingreso muestran que las transferencias contribuyen a disminuir la desigualdad.

Pero una política social no debería limitarse a entregar recursos.

Debe construir las condiciones para que las personas amplíen sus oportunidades y puedan mejorar sus ingresos de manera sostenible.

Necesitamos educación de calidad, empleos formales, acceso al financiamiento, infraestructura, servicios de salud, seguridad y condiciones para emprender.

Porque una cosa es aliviar la pobreza y otra construir caminos duraderos para superarla.

Un gobierno no debería sentirse satisfecho solamente porque aumentó el número de beneficiarios de sus programas.

También debería demostrar cuántas personas mejoraron sus ingresos, desarrollaron capacidades, consiguieron empleos de calidad o fortalecieron su autonomía económica.

La verdadera política social no debería producir dependencia innecesaria.

Debería ampliar la libertad de las personas para decidir su futuro.

La pobreza mental también puede existir entre quienes gobiernan

Y quizá aquí encontremos una contradicción todavía mayor.

La llamada pobreza mental no debería utilizarse para señalar a quienes menos tienen.

También podemos cuestionar una forma de pensar que aparece en sectores privilegiados, empresariales y políticos.

Existe una visión limitada cuando un funcionario cree que entregar apoyos equivale a transformar una comunidad.

Cuando un empresario considera que pagar salarios insuficientes es inevitable.

Cuando un político piensa que los ciudadanos solamente necesitan recibir beneficios para mantener su respaldo.

O cuando una sociedad acepta que millones de personas permanezcan excluidas de oportunidades.

La pobreza de visión de quienes toman decisiones puede ser mucho más dañina que la resignación de quienes padecen sus consecuencias.

Porque quienes tienen poder cuentan con instrumentos para transformar realidades.

Y cuando no lo hacen, sus decisiones afectan a millones.

El verdadero desafío: que la pobreza deje de determinar el destino

México ha conseguido avances en la reducción de la pobreza y la desigualdad.

Hay que reconocerlos.

Pero todavía enfrenta una realidad contundente.

38.5 millones de personas permanecen en pobreza. Siete millones viven en pobreza extrema. Y el ingreso promedio del 10% de los hogares más ricos es catorce veces el del 10% más pobre.

No podemos ignorar esas cifras.

Tampoco podemos aceptar que la respuesta sea simplemente pedirles a las personas que cambien su mentalidad.

México necesita transformar las condiciones que limitan sus oportunidades.

Porque una persona puede tener disciplina, talento, creatividad y enormes deseos de salir adelante.

Pero si carece de alimentación suficiente, educación, seguridad, servicios básicos o acceso a oportunidades económicas, el camino será considerablemente más difícil.

La mentalidad importa.

Pero también importa el entorno.

La motivación importa.

Pero también importan las oportunidades.

El esfuerzo importa.

Pero también importa que ese esfuerzo pueda producir resultados.

Por eso, al hablar de pobreza, deberíamos dejar de preguntarnos únicamente cuántas personas reciben apoyos o cuánto dinero ganan.

También deberíamos preguntarnos:

¿Cuántos mexicanos tienen posibilidades reales de construir una vida mejor que la de sus padres?

Porque la pobreza económica limita el presente.

Y la ausencia de oportunidades puede terminar limitando también las expectativas de futuro.

México no solamente necesita reducir el número de pobres.

Necesita construir una sociedad donde nacer pobre no signifique tener mayores probabilidades de seguir siéndolo toda la vida.

Y quizá la reflexión más importante sea ésta:

La pobreza más peligrosa para una nación no es solamente la falta de dinero. Es acostumbrarse a que millones de personas vivan sin las oportunidades que merecen.

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