Los abuelos y la muerte: cómo transmitir a los nietos una comprensión sana de la pérdida

Hablar de la muerte con un niño nunca resulta sencillo. Mucho menos cuando quien ha fallecido es un abuelo o una abuela, esa persona que durante años ocupó un lugar especial en la vida familiar: quien contaba historias, preparaba el platillo favorito de los nietos, guardaba fotografías antiguas o simplemente estaba ahí para escuchar.

Cuando un abuelo muere, el niño no solamente enfrenta la ausencia de una persona querida. También comienza a descubrir, quizá por primera vez, que las personas que amamos pueden morir y que la vida familiar puede cambiar de un momento a otro.

Desde la tanatología, el acompañamiento durante este proceso no consiste en evitarle al niño el dolor. Consiste en ayudarlo a comprenderlo y darle un espacio seguro para expresarlo.

No hay que esconder la muerte

Una de las reacciones más comunes de los adultos es intentar proteger a los niños ocultándoles la realidad. Se utilizan expresiones como “se fue”, “está dormido” o “nos dejó”. Aunque estas frases pueden parecer menos dolorosas, para un niño pequeño pueden resultar confusas.

La muerte necesita explicarse con palabras sencillas y adecuadas para su edad. Decir que el abuelo murió y explicar, de manera tranquila, que su cuerpo dejó de funcionar permite que el menor construya una comprensión más clara de lo ocurrido.

Esto no significa ofrecer explicaciones innecesariamente dolorosas o detalles que el niño no ha solicitado. Significa evitar convertir la muerte en un misterio.

Cada niño vive el duelo de una manera diferente

No todos los nietos reaccionarán igual ante la muerte de un abuelo.

Algunos llorarán inmediatamente. Otros permanecerán aparentemente tranquilos. Puede haber niños que hagan preguntas constantemente y otros que prefieran jugar como si nada hubiera ocurrido.

Ninguna de estas respuestas significa necesariamente que el niño no quiera a su abuelo.

El juego, por ejemplo, puede convertirse en una forma de procesar aquello que todavía no puede expresar mediante palabras. También es posible que el niño parezca haber aceptado la pérdida y posteriormente vuelva a preguntar por el abuelo.

El duelo infantil no siempre sigue una línea recta. Puede aparecer y desaparecer dependiendo de la capacidad que tenga el menor para comprender lo sucedido.

Las preguntas difíciles también necesitan respuestas

“¿Dónde está el abuelo?”

“¿Va a regresar?”

“¿Tú también te vas a morir?”

“¿Yo me voy a morir?”

Son preguntas que pueden incomodar profundamente a los adultos. Sin embargo, detrás de ellas existe una necesidad de comprender y sentirse seguro.

Responder con honestidad, utilizando palabras sencillas, suele ser más útil que intentar cambiar de tema.

También es importante reconocer cuando no sabemos algo. Un adulto puede decir: “No tengo una respuesta para eso, pero podemos hablar de lo que estás pensando”.

La seguridad emocional no significa prometer que nunca ocurrirá otra pérdida. Significa hacerle saber al niño que no tendrá que enfrentar sus preguntas y emociones completamente solo.

Permitir que recuerden

Después de una muerte, algunas familias intentan evitar hablar de la persona fallecida porque creen que hacerlo provocará tristeza.

Sin embargo, recordar también puede ser una forma saludable de elaborar la pérdida.

Hablar sobre las anécdotas del abuelo, mirar fotografías, preparar una comida que le gustaba o conservar algún objeto significativo puede ayudar al niño a comprender que una persona puede dejar de estar físicamente presente y, al mismo tiempo, continuar formando parte de la historia familiar.

La memoria se convierte entonces en un puente entre la ausencia y el vínculo.

Los funerales, las ceremonias religiosas, las reuniones familiares o incluso pequeños rituales realizados en casa pueden ayudar a los niños a comprender que ha ocurrido una pérdida.

Siempre debe considerarse su edad y su disposición. No se trata de obligarlo a participar, sino de permitirle hacerlo si desea.

Encender una vela, colocar una fotografía, escribir una carta al abuelo o hacer un dibujo son formas mediante las cuales un niño puede expresar aquello que todavía no sabe decir.

El ritual no elimina el dolor. Le da un lugar.

Los niños observan mucho más de lo que los adultos imaginamos.

Si ven a sus padres llorar, no necesariamente aprenderán que llorar es algo malo. Pueden aprender que la tristeza forma parte del amor y que expresar las emociones es permitido.

Por supuesto, los adultos necesitan cuidar la manera en que muestran su dolor. No corresponde colocar sobre el niño responsabilidades emocionales que pertenecen a los adultos, como convertirlo en el principal consuelo de un padre o una madre.

La idea no es ocultar las lágrimas, sino demostrar que es posible sentir tristeza y continuar viviendo.

Quizá una de las enseñanzas más importantes que puede recibir un niño después de perder a un abuelo es que la muerte cambia una relación, pero no borra el amor.

El niño tendrá que aprender gradualmente a convivir con una ausencia que no eligió. Habrá momentos en los que parecerá haberlo superado y otros en los que una fotografía, una canción, un olor o una fecha especial volverán a despertar la tristeza.

Eso no significa retroceder.

Significa recordar.

Desde la perspectiva tanatológica, acompañar a un niño en el duelo implica respetar sus tiempos, escuchar sus preguntas, validar sus emociones y permitirle construir su propia manera de despedirse.

Los abuelos dejan mucho más que fotografías y objetos. Dejan historias, costumbres, palabras, recuerdos y formas de mirar la vida que pueden permanecer durante generaciones.

Por eso, quizá una de las formas más sanas de hablar con un niño sobre la muerte no sea enseñarle únicamente que las personas algún día mueren, sino ayudarlo a comprender que una vida puede terminar y, aun así, dejar una huella que continúa en quienes tuvieron la oportunidad de compartirla.

Porque aprender a despedirse también es aprender a recordar.

 

Momento Mori