
Por: Gemma GRACIAN
SEGUNDA PARTE
- Una reforma urgente en materia de agua
Si existe una reforma que México no puede seguir posponiendo, es la del agua.
El crecimiento urbano, el cambio climático, la sobreexplotación de acuíferos y las deficiencias en infraestructura están convirtiendo el acceso al agua en uno de los principales desafíos nacionales.
La política del agua debe dejar de ser reactiva.
México necesita inversión en infraestructura, medición real del consumo, reducción de fugas, tratamiento y reutilización, protección de acuíferos y reglas claras para el uso agrícola, industrial y urbano.
El agua no puede ser solamente un asunto administrativo. Es un asunto de seguridad nacional y de justicia social.
- Una reforma laboral enfocada en productividad y bienestar
México también necesita avanzar hacia un mercado laboral donde trabajar permita vivir con dignidad.
Las reformas laborales deben buscar mejores salarios, seguridad social, capacitación y conciliación entre vida laboral y familiar, pero también deben reconocer la realidad de las pequeñas y medianas empresas.
No podemos construir mejores condiciones laborales si al mismo tiempo hacemos imposible que las empresas pequeñas sobrevivan.
La solución debe estar en combinar derechos laborales con productividad, capacitación, incentivos para la formalidad y acceso al crédito.
- Una reforma de transparencia y combate a la corrupción
México no necesita solamente más discursos contra la corrupción. Necesita instituciones capaces de prevenirla y castigarla.
Cada contrato público debe poder ser revisado por cualquier ciudadano. Las compras gubernamentales deben ser transparentes. Los conflictos de interés deben declararse y verificarse. Y las sanciones deben aplicarse independientemente de quién sea el funcionario involucrado.
La corrupción no pertenece a un partido.
La corrupción es un problema del sistema cuando las instituciones no tienen capacidad para detectarla y sancionarla.
Reformar no significa concentrar el poder
Este debería ser el principio rector de cualquier reforma: el objetivo de cambiar las reglas debe ser mejorar las instituciones, no hacerlas dependientes de quien gobierna.
México necesita un Estado fuerte, pero un Estado fuerte no significa un gobierno sin contrapesos.
Al contrario: un Estado verdaderamente fuerte es aquel que cuenta con instituciones profesionales, tribunales independientes, organismos de fiscalización eficaces, gobiernos locales capaces y ciudadanos que pueden exigir cuentas.
La democracia no se fortalece debilitando los contrapesos. Se fortalece haciendo que funcionen.
El verdadero desafío
México no necesita una nueva generación de reformas para llenar páginas del Diario Oficial.
Necesita reformas que puedan sentirse en la vida cotidiana.
Que una mujer pueda caminar por la calle sin miedo.
Que una víctima pueda denunciar y obtener justicia.
Que un empresario pueda abrir un negocio sin enfrentarse a una montaña de trámites.
Que un joven encuentre oportunidades sin tener que abandonar su comunidad.
Que una familia tenga agua.
Que un ciudadano pueda exigir cuentas y recibir una respuesta.
Y, sobre todo, que nadie —ni un presidente, ni un partido, ni un gobernador, ni un grupo económico— esté por encima de las instituciones.
El verdadero reto de México no es reformar por reformar.
Es construir un país donde las leyes funcionen, las instituciones sean independientes y el poder tenga límites.
Porque una reforma que cambia el papel, pero no cambia la realidad no es una transformación.
Es solamente otra promesa.