
Durante los últimos años, México ha vivido una concentración de poder pocas veces vista en su historia reciente. Morena gobierna la mayoría de los estados, controla ambas cámaras del Congreso y ocupa la Presidencia de la República.
En términos clásicos, esto se asemeja a un poder hegemónico: una fuerza dominante que, más que competir, administra el sistema político desde una posición de ventaja estructural. Sin embargo, como ocurre con toda hegemonía, su fortaleza no depende solo de los números, sino de la cohesión interna. Y ahí comienzan las grietas.
La votación de la reforma reciente dejó un mensaje político claro: el bloque gobernante no es tan compacto como presume. Los partidos aliados, fundamentales para construir mayorías calificadas y sostener la narrativa de unidad, votaron en su mayoría en contra, mientras que Morena cerró filas internamente.
Este comportamiento revela algo más profundo que una simple discrepancia legislativa: evidencia tensiones entre corrientes, intereses y visiones distintas dentro del llamado “movimiento”. La disciplina partidista existe, sí, pero la coalición que sostiene al régimen muestra signos de desgaste. La historia política mexicana nos enseña que cuando la unanimidad es forzada y no consensuada, el quiebre suele ser cuestión de tiempo.
Este mismo fenómeno se refleja, de manera simbólica y local, en lo ocurrido recientemente en San Pedro Cholula. Como ya lo señalé en una columna anterior, la presidenta municipal Tonantzin solicitó modificar la escenificación del ritual dedicado a Quetzalcóatl, particularmente en la parte donde el dios es sacrificado para dar paso al ciclo de muerte y vida que permite la creación de la humanidad.
La decisión no es menor: responde a una línea discursiva impulsada desde el centro del poder y reforzada por el último libro de Andrés Manuel López Obrador, donde se busca “reivindicar” la visión de los pueblos prehispánicos negando prácticas como el sacrificio ritual, calificándolas como invenciones de los cronistas coloniales para barbarizar a los pueblos originarios.
El problema no es la intención de revalorar la historia indígena, sino el método. Desde la historia y la arqueología, la evidencia científica es clara, el sacrificio ritual existió y cumplía una función simbólica, religiosa y política dentro de las cosmovisiones mesoamericanas.
Negarlo no es reivindicar, es sustituir el análisis histórico por un relato ideológico. Y cuando el poder político decide qué versión del pasado es aceptable y cuál debe censurarse, entramos en un terreno peligroso: el de la historia oficial impuesta.
Lo interesante es que incluso dentro del mismo partido gobernante surgen contradicciones evidentes. A unos kilómetros, Puebla, a través de su Instituto Municipal de Arte y Cultura, anunció la misma presentación, dirigida por el mismo creador, pero esta vez sin censura alguna.
La diferencia no es estética, es política. Y al comparar el estilo de gobierno del edil Pepe Chedraui con el de Tonantzin, el contraste resulta evidente.
El resultado deja mal parada a la presidenta de San Pedro Cholula, no solo en términos culturales, sino como figura política.
Así, lo local se convierte en espejo de lo nacional. Morena no es un bloque monolítico, sino una suma de corrientes que hoy conviven bajo un liderazgo fuerte, pero no incuestionable.
La historia (manchada, esta vez, de color vino) nos recuerda que las hegemonías no caen de golpe: se erosionan desde dentro, entre contradicciones, censuras y disputas por el sentido del pasado.
Y cuando el poder comienza a tenerle miedo a los mitos, suele ser porque ya no controla del todo la realidad.