
Cuando alguien dice que irá al nutriólogo, muchas personas imaginan la misma escena: subir a una báscula, conocer el peso, recibir una dieta impresa y regresar un mes después. Sin embargo, esa imagen representa solo una pequeña parte de lo que realmente ocurre en una consulta de nutrición.
La báscula es una herramienta útil, pero nunca debe convertirse en el centro de la consulta. Un número, por sí solo, no explica cómo es nuestra alimentación, cuáles son nuestros hábitos, si dormimos bien, si realizamos actividad física, qué enfermedades padecemos, qué medicamentos consumimos o cuáles son nuestros objetivos de salud.
Una consulta de nutrición comienza por conocer a la persona. La historia clínica, los antecedentes personales y familiares, el estilo de vida, la composición corporal, los estudios de laboratorio cuando son necesarios y la evaluación de los hábitos alimentarios permiten comprender el contexto de cada paciente. Solo así es posible diseñar un plan de alimentación realmente personalizado, sostenible y acorde con sus necesidades.
Dos personas pueden tener el mismo peso y requerir estrategias completamente diferentes. Una puede buscar mejorar su rendimiento deportivo; otra, controlar una enfermedad crónica; otra, recuperar masa muscular; y otra, simplemente aprender a alimentarse mejor. La nutrición no puede reducirse a un número.
Más que perseguir un peso ideal, el objetivo de una consulta de nutrición es promover hábitos que favorezcan la salud y puedan mantenerse a lo largo del tiempo. La alimentación forma parte de nuestra vida diaria y, por ello, las recomendaciones deben adaptarse a la realidad de cada persona, no al revés.
La próxima vez que pienses en una consulta de nutrición, recuerda que la báscula puede aportar información valiosa, pero nunca cuenta toda la historia. Lo más importante siempre será comprender a la persona que está detrás de ese número.
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