
En ocasiones la brújula nos falla o simplemente se nos pierde dejándonos a la deriva, son momentos que cuando son extremos nos paralizan, nos llenan de zozobra y es entonces cuando nos dejamos caer o actuamos con algo más profundo, porque cuando la vida supera nuestras fuerzas y nos vemos más a la deriva debemos tener un ancla que sea mayor que cualquier temor en la tierra y eso se llama fe.
La fe tiene la cualidad de ser la barca que nos salva porque es más grande de lo que nos imaginamos, va más allá de una creencia y mucho más allá de una esperanza, la fe no espera la fe tiene eso que nos falta la certeza, la fe es saber; no creer, no pensar y no esperar, tener fe es saber y el saber es más amplio y más confortante.
El misterio entonces está ¿de dónde sale certeza tan absoluta? ¿será que en ocasiones es lo único y último que nos queda? ¿debemos trabajar en nuestra fe para que sea un ancla o para que sea un barco? El ancla sería tener la certeza que todo estará bien y que eso me detenga, en ocasiones es lo que se necesita, pero si nos aventuramos a que sea una barca que nos lleve a nuestros objetivos seguramente inyectaremos más acción y lograremos más cosas.
Tener fe en algo superior es muy importante, pero tener fe en uno mismo es indispensable en un mundo que cada día se vuelve más competitivo y esa fe podría marcar la diferencia en nuestro futuro, sabernos valiosos y empezar a trazar un camino que nos conforte, no solo para resguardarnos sino para retarnos una vez más a nosotros mismos, sabernos capaces de actuar y comenzar a hacerlo no solo genera confianza, como es acción y no solo sustantivo genera cambio.
Y tal vez eso es lo que necesitamos seguir cambiando a mejor rumbo, socialmente e individualmente, tengamos fe colectiva y volvamos eso en una acción transformadora.