
El municipio libre, consagrado en el artículo 115 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, representa la célula básica de la organización política y administrativa del país. Es el nivel de gobierno más cercano a la ciudadanía, aquel que debe garantizar los servicios públicos indispensables como el agua potable, el alumbrado, la recolección de basura y la seguridad pública de proximidad. Sin embargo, en la práctica cotidiana de la administración este gobierno municipal, se observa con frecuencia un fenómeno paradójico y frustrante: que cuando llegó al poder con un discurso impregnado disque de buenas intenciones, promesas de transformación y una supuesta cercanía con el pueblo, pero que concluyen sus administraciones con resultados nulos, deficientes o francamente adversos. Este desfase entre la retórica de la voluntad política y la realidad de la gestión gubernamental evidencia profundas fallas estructurales que van desde la improvisación técnica hasta la debilidad institucional. Recordemos la promesa de la construcción de un nuevo hospital, así como la grandiosa “idea” de reubicar el CERESO, y ahora los habitantes del municipio con temor de que se les expropie algún predio particular, como consecuencia de la idiota de construir una universidad
En esta administración existe, al menos en el plano discursivo de hacer bien las cosas. Cuando fue candidata a presidente municipal, recorrido, las calles, y escuchó las demandas más sensibles de las comunidades y prometió erradicar la corrupción, mejorar la infraestructura urbana y dignificar la vida de los habitantes. No obstante, gobernar un municipio requiere mucho más que empatía social y discursos emotivos. Cuando las autoridades asumen el cargo sin un diagnóstico técnico riguroso, sin conocimiento de la administración pública y sin un equipo de trabajo calificado, las buenas intenciones se estrellan contra la compleja maquinaria burocrática. El voluntarismo político, entendido como la creencia de que el deseo y la pasión son suficientes para transformar la realidad, suele convertirse en el principal enemigo de la eficacia gubernamental.
Uno de los factores que explican la esterilidad de estos gobiernos es la ausencia de planeación estratégica y la debilidad en el ejercicio del gasto público. Frecuentemente, los recursos municipales son escasos y dependen en gran medida de las participaciones federales y estatales. En lugar de priorizar obras de alto impacto social o resolver problemas estructurales añejos, la tentación de caer en eventos masivos bailes y regalar dinero a la larga no funciona.
Administraciones de buenas intenciones suelen caer en el inmediatismo y el clientelismo. Se priorizan acciones vistosas, eventos masivos o proyectos de corto plazo que generan aplausos momentáneos pero ninguna transformación duradera. La falta de transparencia y la opacidad en la rendición de cuentas terminan por sepultar cualquier atisbo de beneficio social, convirtiendo presupuestos públicos en botines políticos o en inversiones ineficientes.
Asimismo, la improvisación en los cargos clave del gabinete municipal agrava la situación. Por compromisos políticos, amiguismos o cuotas partidistas, se designan a directores de obras, tesoreros y secretarios de seguridad sin el perfil profesional ni la experiencia requerida para la gestión pública. Esto genera una parálisis institucional donde la curva de aprendizaje de los funcionarios consume la mitad del trienio, mientras que la otra mitad se utiliza para intentar corregir errores o maquillar estadísticas. La ciudadanía, por su parte, observa con decepción cómo los problemas cotidianos —baches, inseguridad, fugas de agua y desorden urbano— persisten o se agravan, a pesar de que los gobernantes; esta indolencia, mezquindad la hemos sufrido en la Cholollan los discursos triunfalistas que contrastan radicalmente con la realidad de las calles. Las manifestaciones, demuestran la incapacidad, la ignorancia, la falta de carácter y autoridad, donde la quien representa la autoridad municipal solo posa para la foto, para redes sociales estas acciones si funcionan, pero para gobernar solo demuestran la incapacidad de su gabinete en asuntos políticos, sociales, donde la improvisación y la prepotencia son una característica en donde la falta de seguimiento a los acuerdos para cerrar el basurero, nos costó a los cholultecas 48 horas de molestia ¡Pobre Cholula solo falta once meses!
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