sábado, 31 de octubre de 2026 Noticias al momento
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En el debate público actual, de vez en cuando resuenan ecos cavernosos que revelan la profunda incomodidad de ciertos sectores ante los avances de la igualdad sustantiva.

Recientemente, declaraciones como las de Ray Cuautli, al proclamar con total soltura que «es tiempo de hombres», no solo evidencian una desconexión alarmante con la realidad histórica, sino que desnudan una misoginia recalcitrante que se disfraza de sentido común.

Detrás de frases tan anacrónicas se esconde una resistencia visceral a perder privilegios que históricamente fueron naturalizados. Decir hoy que «es tiempo de hombres» es ignorar —o peor aún, justificar— una verdad histórica insoslayable: ya fue tiempo de hombres.

Durante más de tres mil años, los espacios de poder, la toma de decisiones, la economía, la cultura, la ciencia y la política estuvieron monopolizados bajo una sola visión, un solo género y una sola narrativa.

Y los resultados de ese monopolio masculino indiscutible están a la vista de todos: un mundo profundamente desigual, administrado bajo lógicas de exclusión donde la mitad de la población mundial fue relegada sistemáticamente al espacio doméstico, silenciada o invisibilizada.

Pretender hoy, en pleno siglo XXI, que se nos reconduzca a esa misma ruta bajo el argumento simplón de que la capacidad no tiene género —mientras se rechaza tajantemente la paridad— es una trampa retórica imperdonable.

Quienes se oponen a la paridad de género bajo el estandarte de una «meritocracia pura» pecan de una ceguera intelectual imperdonable (o de una malicia calculada). Exigen elegir «a los más capaces sin importar el género», asumiendo cínicamente que la cancha ha estado nivelada.

Es como organizar una carrera de obstáculos donde a un competidor se le ató un bloque de cemento al pie durante milenios y, justo en el momento en que se le quita el peso para intentar equilibrar la competencia, se grita escandalizado que «hay favoritismo». La paridad no es una concesión graciosa ni una cuota arbitraria; es un freno de emergencia civilizatorio para corregir siglos de exclusión sistemática.

Argumentar que si todas las personas en puestos de poder terminan siendo hombres «estará bien» porque supuestamente son los más aptos, es la cúspide del pensamiento misógino institucionalizado. Es perpetuar la idea de que el liderazgo tiene rostro de varón y que las mujeres, por más capacidad que demuestren, siempre cargarán con la sospecha de no estar a la altura, a menos que el sistema patriarchar les dé su visto bueno.

Frente a esta visión rancia y excluyente, la respuesta no puede ser mantener las cosas como están ni comprar la falacia de que «no es tiempo de hombres ni de mujeres, sino de humanos» cuando el concepto de «humano» ha sido históricamente secuestrado por el varón.

El verdadero salto civilizatorio al que debemos aspirar no es el «tiempo de hombres», ni una falsa neutralidad que beneficia a los de siempre. Es tiempo de todos.

Un tiempo de «todos» significa que los espacios públicos, las instituciones y los liderazgos reflejen genuinamente la pluralidad de nuestra sociedad. Significa entender que gobernar, decidir y construir el futuro ya no puede ser un club de exclusivos.

Es momento de erradicar la misoginia de los escritorios de la política y asumir que la única forma de avanzar es con piso parejo, con paridad real y con lugar para todas las voces. Porque el mañana no pertenece a un solo género: o es de todos, o sencillamente no es.

 

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