CIUDADANAS

Ha causado mucha polémica la postura ultraconservadora de una mujer en una cumbre de féminas en los Estados Unidos de Norteamérica. Su posición fue tajante: que exista un solo voto por familia y que este lleve el pensar, el sentir del grupo.

Es decir, es un inicio para evitar que las mujeres ejerzan su voto, pues generalmente quien hace la función de representante de la familia es un hombre y no una mujer. Probablemente han dejado de lado el matriarcado que impera en muchos hogares, sobre todo mexicanos, en donde la última palabra la tiene el hombre…pero sólo para reafirmar lo que señala la consorte.

Es cierto que lo que se escucha del país del norte permea en nuestro territorio, sin embargo, también lo es que desde el tres de julio de mil novecientos cincuenta y cinco, fecha en la que votaron por primera vez las mexicanas en una elección federal, la pelea por el lugar de estas, no sólo en la vida política, también en los demás ámbitos, ha sido constante.

Las mujeres se han aferrado a no ceder ni un centímetro de lo conseguido, pues si bien es cierto que para el sexo masculino la “lucha” carece de sentido, en realidad, se trata de reconocer que una dama es un ser humano y, como tal, tiene derechos y deberes. No es un objeto de comercio, no es una cosa o un mueble más que adorna una casa, no carece de voluntad para decidir lo que le conviene o no. Es un ser pensante que, efectivamente, físicamente carece de la fuerza que poseen la mayoría de los masculinos, pero ello no es pretexto para considerarlas “débiles”, al contrario.

De ninguna forma una mujer tiene que pretender “parecerse” a un hombre, pues biológicamente cada uno es distinto, mientras que los hombres poseen la fuerza bruta, las mujeres tienen la capacidad de dar vida. La naturaleza los ha hecho diferentes y por eso se complementan, más no uno está por debajo del otro, van a la par y con el reconocimiento de la ciudadanía se dio un gran paso a mediados del siglo pasado.

Ideas van e ideas vienen, pero los derechos conquistados no son negociables, pues ni siquiera son “concedidos” sólo fueron reconocidos y según reza el artículo 1º de la constitución mexicana: “Todas las personas en el país gozarán de los derechos humanos reconocidos en la Carta Magna y en los tratados internacionales, prohibiendo la discriminación y obligando a las autoridades a promover, respetar, proteger y garantizar dichos derechos bajo el principio pro persona”.

Luego entonces, al señalar el 34 de la misma legislación que la ciudadanía se adquiere al tener la calidad de mexicano, haber cumplido dieciocho años y tener un modo honesto de vivir, no hay manera de que se les quite a las mujeres esta, pues gracias a ello tienen derechos político-electorales que les permite votar y ser votadas.

En conclusión, el sexo femenino sigue luchando por erradicar la violencia en su contra, porque se respeten los derechos ya reconocidos—que no es lo mismo que otorgados—pugna porque las niñas sean tratadas como tales y no se les obligue a contraer matrimonio en edades en las que deberían estar jugando; porque no sean vendidas u obligadas a vender su cuerpo; por eliminar la trata de personas, que, si bien ahora es indistinta con ambos sexos, en su mayoría son las féminas con las que más se lucra.

En un país donde sus mujeres ya nacen considerando “normal” lo que hasta hace poco más de setenta años no lo era, es muy complicado que permeen ideas en contra o que pretendan quitarles lo conseguido.