Cirugías del ego y vacíos de poder

Hace unos días tuve la desfortuna de conocer a uno de los altos mandos en Cholula.

No voy a dar su nombre, pero creo que con la descripción todo el mundo se puede dar una idea de quién es: un monumento a la vanidad mal gestionada y a la inseguridad personal, donde los intentos artificiales por construir una fachada de perfección solo reflejan un profundo sentido de inferioridad y una evidente falta de amor propio.

Esa carencia interior, sin embargo, no se quedaría en una anécdota personal si no fuera porque se proyecta directamente en el ejercicio del poder. Quien no está en paz consigo mismo suele buscar validación pisoteando al entorno: tratando con desdén a los compañeros de equipo, actuando con aires de supuesta superioridad y mirando por encima del hombro a las y los ciudadanos del municipio.

El agravante es mayúsculo: ni siquiera es de aquí. Llegar a una tierra con identidad, historia y dignidad propia para mirar con condescendencia a su gente (rozando ese racismo y clasismo rancio que califica despectivamente al ciudadano) resulta intolerable. ¿Por qué toleramos a personajes que vienen de fuera no a servir, sino a descargar sus complejos sobre la población?

El servicio público requiere temple, madurez, pero sobre todo empatía Cuando una administración recluta perfiles carcomidos por la soberbia y la inseguridad, el costo lo paga la ciudadanía.

Antes de entregar un cargo de toma de decisiones, los gobiernos deberían evaluar seriamente la salud emocional y el perfil ético de quienes integran su gabinete; casi convendría presupuestarles terapia antes de otorgarles poder, porque al final del día son el rostro del municipio.

La toxicidad y el hostigamiento en los espacios de trabajo no son asuntos menores ni simples roces de carácter; tienen consecuencias humanas devastadoras.

Recientemente, una tragedia sacudió las oficinas de esa misma dependencia con la muerte de una colaboradora.

Si bien un hecho de tal gravedad jamás debe reducirse a explicaciones simples ni usarse a la ligera, sí obliga a encender todas las alertas: ¿qué tipo de ambiente laboral se está tolerando puertas adentro? ¿Cuánta presión, maltrato o desamparo enfrentan quienes laboran bajo liderazgos hostiles?

Un gobierno responsable no puede ser omiso ni pasar la página; las autoridades están obligadas a revisar a fondo las condiciones, protocolos de acoso y el clima emocional de sus áreas, porque el ejercicio del poder nunca debe costar la salud ni la vida de nadie.

Cada maltrato, cada gesto de desprecio y cada arranque de prepotencia no solo retrata a quien lo comete, sino que mancha la dignidad institucional de Cholula entera.