
Por: Jorge Gómez Carranco
Había una vez una pradera donde, cada cierto tiempo, sus habitantes se preparaban para una nueva temporada de decisiones, era entonces cuando los animales comenzaban a moverse de un lado a otro, se hablaba de liderazgos, se repartían coordinaciones y todos querían tener un lugar privilegiado en el escenario principal, en aquella pradera, las ambiciones despertaban con la misma rapidez con la que algunos olvidaban las promesas que habían hecho cuando todavía tenían asegurado su lugar. Entre los habitantes destacaba un águila de plumaje naranja que durante mucho tiempo había volado bajo los colores de su bandada, desde las alturas hablaba de liderazgo, presumía sus relaciones y aseguraba contar con suficientes seguidores para encabezar una de las coordinaciones más importantes, estaba convencida de que, llegado el momento, su nombre aparecería entre los elegidos, sin embargo, cuando llegó el anuncio, el lugar que tanto anhelaba quedó en manos de otro.
El águila guardó silencio por un momento, pero pronto comenzó a cuestionar las decisiones de su propia bandada, lo que antes defendía con entusiasmo ahora parecía tener defectos; lo que antes consideraba un proyecto sólido de pronto dejó de convencerla y mientras sus compañeros intentaban comprender su inconformidad, ella comenzó a mirar hacia otras praderas, buscando una nueva rama desde donde pudiera seguir volando. Fue entonces cuando descubrió que, no muy lejos de allí, había un panadero que preparaba deliciosos bolillos y mantenía las puertas de su panadería abiertas para quienes quisieran sumarse a su proyecto, el águila comenzó a rondar el establecimiento, primero discretamente, después con mayor confianza, ofrecía su experiencia, sus contactos y aquella multitud de seguidores que aseguraba tener, decía que buscaba nuevos horizontes y que su único interés era contribuir al bienestar de los habitantes.
Pero los animales de la pradera, que ya conocían sus vuelos, comenzaron a preguntarse si realmente había cambiado de convicciones o si simplemente había descubierto que en aquella panadería podía encontrar el pan que no le dieron en su propio nido. Y es que el águila no parecía buscar cualquier alimento: quería el bolillo más grande, el lugar más visible del mostrador y, de ser posible, una posición que le permitiera seguir siendo protagonista, algunos habitantes recordaban que, cuando tenía la posibilidad de obtener lo que deseaba en su antigua bandada, defendía con firmeza sus colores, ahora, cuando las oportunidades se habían cerrado, sus alas parecían llevarla en una dirección completamente distinta.
Mientras tanto, en la panadería vivía un joven bolillo, había nacido entre aquellos hornos, crecido con sus costumbres y aprendido desde pequeño que los principios no debían cambiarse según el mostrador donde se ofreciera el mejor precio, era joven, tenía energía, ideas y muchas ganas de demostrar que también podía ocupar un lugar importante.
El bolillo llevaba tiempo trabajando, participando y defendiendo las raíces de su panadería, había permanecido allí cuando las ventas eran escasas, cuando los clientes se marchaban y cuando defender sus colores no ofrecía recompensa alguna, sin embargo, mientras veía cómo otros llegaban buscando un espacio privilegiado, él seguía esperando que alguien escuchara su voz. ¿Acaso no basta con permanecer, trabajar y creer en lo que uno defiende? se preguntaba. ¿Por qué quienes llegan de otras praderas parecen tener más oportunidades que quienes hemos crecido aquí? Su pregunta comenzó a recorrer los pasillos de la panadería, otros bolillos, con años de trabajo y lealtad, también se sentían relegados, habían acompañado a su casa en tiempos difíciles, cuando nadie hacía fila frente al mostrador y defender sus colores exigía más sacrificios que beneficios, ahora observaban cómo algunos recién llegados podían colocarse rápidamente en los primeros lugares, mientras ellos continuaban esperando una oportunidad.
El panadero hablaba de unidad, renovación y puertas abiertas; tenía razón en algo: toda panadería necesita nuevas manos, nuevas recetas y personas dispuestas a aportar, nadie puede impedir que un ciudadano participe en la vida pública ni que alguien cambie de proyecto cuando sus convicciones así lo determinen, pero abrir las puertas tampoco debería significar olvidar a quienes han sostenido la casa desde sus cimientos. El joven bolillo se atrevió entonces a preguntar lo que muchos callaban: Si la lealtad no cuenta, ¿para qué nos piden permanecer? Si los principios se olvidan cuando llega alguien que promete traer más clientes, ¿qué valor tiene haber defendido esta casa durante tantos años? Nadie respondió de inmediato, la pregunta incomodaba porque obligaba a distinguir entre quienes llegan para sumar a un proyecto y quienes solamente buscan un lugar que les permita conservar sus aspiraciones personales.
En aquella misma pradera también había quienes preferían abandonar su antigua cosecha para buscar frutas más dulces en otro huerto. cuando las cosas marchaban bien, defendían con orgullo sus árboles; cuando dejaban de recibir los frutos que esperaban, comenzaban a hablar de nuevas tierras, nuevas raíces y nuevas oportunidades y aunque cambiar de huerto no era necesariamente una falta, los habitantes tenían derecho a preguntar si el cambio obedecía a una convicción verdadera o simplemente al deseo de recoger una fruta más grande. El águila tenía derecho a buscar otra rama, y el panadero podía decidir a quién recibía en su establecimiento, pero los habitantes también podían observar las trayectorias, cuestionar las decisiones y exigir congruencia a quienes aspiraban a representarlos.
El joven bolillo, por su parte, continuó levantando la voz y pidiendo una oportunidad, no porque creyera ser dueño de la panadería, sino porque consideraba que sus años de trabajo, sus raíces y su lealtad también merecían ser tomados en cuenta, sabía que ser joven no debía condenarlo a esperar eternamente mientras otros negociaban su entrada desde el exterior. Y así quedó una lección para todos los habitantes de aquella pradera: las puertas deben permanecer abiertas para quienes quieran contribuir, pero nunca deberían cerrarse los ojos ante el trabajo de quienes han permanecido fieles a sus principios. porque, al final, el águila puede buscar pan en otra panadería, algunos pueden abandonar su huerto para perseguir una fruta más dulce y el joven bolillo puede seguir esperando su turno.
Así es, estimado lector: en política, buscar una oportunidad es legítimo; convertir las convicciones en moneda de cambio es lo que despierta las dudas. Porque quien verdaderamente quiere servir no debería demostrar su compromiso únicamente cuando le ofrecen el lugar que desea, sino también cuando le corresponde trabajar, esperar y defender aquello en lo que dice creer.