
En The Whale, Darren Aronofsky nos invita a confrontar aquello que más intentamos evitar: la realidad de la muerte y lo que sucede en nosotros cuando la sentimos cercana. No se trata de una película sobre un cuerpo moribundo, sino sobre un alma cargada de culpa, pérdida y desesperanza que lucha por decir algo esencial antes de desaparecer.
Lo que hace tan interesante esta obra desde una mirada tanatológica no es solo el hecho de que el protagonista, Charlie, se acerca a su fin físico, sino la manera en que su cuerpo se convierte en metáfora del duelo no resuelto. Su obesidad extrema no es un simple rasgo visual, sino la manifestación física de un dolor profundo: la pérdida del otro y la incapacidad para integrar esa pérdida a su narrativa personal.
Charlie no solo come; consume su propia vida como si quisiera dilatar el inevitable encuentro con la muerte, como si cada bocado fuera un intento desesperado por ignorar lo que sabe que se acerca.
La película no evade lo desagradable. La cámara permanece en el mismo espacio claustrofóbico, en ese apartamento que es a la vez prisión y santuario, recordándonos que el duelo no es un camino hacia adelante, sino un acompañamiento en círculos del dolor. Cada visita que recibe Charlie —su hija, su enfermera, un joven que intenta salvarle el alma— representa posibilidades de resolución, confrontación y, finalmente, decarne del silencio interior.
Desde el enfoque tanatológico, hay dos tensiones que atraviesan la película: por un lado, la de querer morir sin haber sido visto, y por el otro, la de querer ser reconocido antes del final. Charlie encarna este dilema. Quiere dejar algo valioso antes de irse —una conexión, una palabra honesta, una verdad desnuda—, pero ha pasado la mayor parte de su vida cubierto por la ilusión de que el silencio protege a los demás de su dolor.
El final plantea una pregunta que es el corazón mismo del estudio de la muerte: ¿Qué significa morir bien? Para muchos teóricos de la tanatología, morir bien implica la reconciliación con lo que fuimos y con quienes dejamos atrás. En The Whale, esta reconciliación no es alegre ni completa, pero sí es honesta. La luz que abraza a Charlie, su hijo perdido de vista, y las palabras que finalmente son compartidas, no nos dicen cuánto tiempo queda, sino cómo se ha vivido ese tiempo.
Algunos críticos han señalado que la película manipula estéticamente la figura del cuerpo y utiliza la tragedia como espectáculo; desde una lectura tanatológica, ese debate es interesante porque evidencia hasta qué punto tememos mirar de frente la muerte y la vulnerabilidad humana. Las reacciones del público —llanto, rechazo, incomodidad profunda— no son un efecto secundario innecesario, sino parte del espejo que Aronofsky nos pone delante: lo que hoy nos incomoda es lo que mañana nos estará esperando a todos.
En última instancia, The Whale no nos ofrece respuestas claras sobre la muerte, porque ninguna obra de arte puede hacerlo. Lo que hace, y lo que la tanatología reconoce como uno de los aportes más valiosos del arte a la comprensión del morir, es propiciar un espacio de pensamiento sobre cómo vivimos y cómo enfrentamos lo inexorable. Y, sobre todo, nos confronta con la pregunta que más nos asusta: ¿qué parte de nosotros queda después de que nos vamos?
Momento Mori