Cada familia explica la muerte de forma distinta: una mirada desde la tanatología

Hablar de la muerte nunca es sencillo. Incluso para los adultos, el tema suele estar cargado de silencios, evasivas y emociones difíciles de nombrar. Desde la tanatología —la disciplina que acompaña los procesos de pérdida, duelo y significado de la muerte— se reconoce que no existe una sola manera “correcta” de explicar la muerte. Cada familia lo hace desde su propia historia, creencias, miedos y recursos emocionales.

La forma en que una familia habla de la muerte está profundamente influida por su contexto cultural, espiritual y social. Algunas familias crecen con rituales claros: velorios, rezos, despedidas, aniversarios. En esos hogares, la muerte suele nombrarse con naturalidad, como parte del ciclo de la vida. Otras, en cambio, han aprendido a evitar el tema, a protegerse del dolor guardando silencio. Ninguna de estas posturas surge por casualidad; ambas son intentos de cuidado.

Desde el punto de vista tanatológico, explicar la muerte no se trata solo de transmitir información, sino de ofrecer un marco emocional seguro. Cuando una familia dice “se fue al cielo”, “descansa” o “vive en nuestros recuerdos”, no siempre está tratando de engañar, sino de encontrar palabras que hagan el dolor más soportable. El lenguaje se convierte entonces en un puente entre la ausencia física y la necesidad de seguir vinculados con quien murió.

También influyen las experiencias previas con la pérdida. Una familia que ha atravesado duelos acompañados, donde hubo espacio para llorar y hablar, suele sentirse más capaz de explicar la muerte con honestidad y sensibilidad. En cambio, cuando las pérdidas pasadas fueron abruptas o silenciadas, explicar la muerte puede despertar heridas no resueltas. En esos casos, el discurso suele ser confuso, evasivo o excesivamente técnico, como una forma de tomar distancia del sufrimiento.

La tanatología observa que no es tan importante qué se dice sobre la muerte, sino cómo se dice. El tono, la congruencia emocional y la disposición a escuchar pesan más que las palabras exactas. Un niño, por ejemplo, percibe rápidamente si un adulto habla desde la calma o desde el miedo. Si la explicación está cargada de angustia, el mensaje implícito no es sobre la muerte, sino sobre el peligro de sentir y preguntar.

Por ello, cada familia construye su propia narrativa sobre la muerte. Algunas se apoyan en la fe, otras en la biología, otras en el amor que permanece. Todas son intentos válidos de dar sentido a lo incomprensible. La tanatología no busca imponer un discurso único, sino acompañar a las familias para que sus explicaciones sean coherentes, respetuosas y emocionalmente saludables para quienes las reciben.

Aceptar que cada familia explica la muerte de forma distinta es también reconocer la diversidad humana frente al dolor. No hay recetas universales para el duelo. Hay historias, vínculos y palabras que se van ajustando con el tiempo. Hablar de la muerte, desde esta mirada, no es un acto de crudeza, sino de profundo amor: es decirle al otro que no está solo frente a la pérdida.

 

Memento mori