La simulación democrática de la 4T

Por: Gemma GRACIAN

Mis queridas y queridos lectores hablar de democracia en tiempos de la llamada Cuarta Transformación se ha vuelto un ejercicio incómodo, casi subversivo. El discurso oficial presume una “democracia participativa”, pero la realidad cotidiana muestra algo muy distinto: una democracia debilitada, centralizada y, en muchos casos, abiertamente simulada.

La 4T no llegó para fortalecer las instituciones, sino para subordinarlas. Bajo la narrativa de “el pueblo manda”, se ha desmantelado el equilibrio de poderes que sostiene a cualquier democracia funcional. El Poder Ejecutivo concentra decisiones, presiona órganos autónomos y desacredita sistemáticamente a todo aquel que no se alinee con su visión. El mensaje es claro: quien cuestiona, estorba.

Los contrapesos —pilar esencial de la vida democrática— han sido convertidos en enemigos públicos. Instituciones como el INAI, el Poder Judicial o los organismos reguladores no son evaluados por su desempeño, sino atacados por no ser dóciles. La democracia no se construye eliminando árbitros, sino fortaleciéndolos. Sin embargo, el proyecto de la 4T parece incómodo con cualquier límite al poder.

A esto se suma la utilización política de la pobreza y de los programas sociales. En lugar de ser políticas públicas con reglas claras y evaluables, se han convertido en herramientas clientelares que condicionan lealtades. El voto libre se distorsiona cuando el ciudadano siente que su subsistencia depende de no incomodar al gobierno en turno. Eso no es justicia social; es control político.

El partido en el poder, Morena, ha normalizado prácticas que antes denunciaba: imposición de candidaturas, procesos internos opacos y una disciplina partidista que castiga la disidencia. La pluralidad, que alguna vez fue bandera, hoy es vista como traición. La democracia interna ha sido sustituida por obediencia.

Quizá lo más grave sea la degradación del debate público. Desde el poder se divide, se estigmatiza y se polariza. Se gobierna con descalificaciones, no con argumentos. La crítica se etiqueta como “conservadora”, “traidora” o “enemiga del pueblo”, anulando cualquier posibilidad de diálogo democrático. Una democracia sin debate es solo una fachada.

La 4T prometió transformar al país, pero en materia democrática ha optado por retroceder. Ha confundido mayoría con razón, poder con legitimidad y popularidad con democracia. México no necesita caudillos morales ni gobiernos que se crean dueños de la verdad; necesita instituciones fuertes, ciudadanos libres y gobiernos que entiendan que el poder es temporal y debe ser vigilado.

Defender la democracia hoy implica incomodar, señalar y resistir la normalización del autoritarismo disfrazado de transformación. Porque cuando la democracia se vuelve un discurso vacío, lo que sigue no es el cambio, sino el abuso.