
POR: LAURA ZEPEDA
Saber que el tiempo es limitado evita que vivamos de forma automática o que pospongamos lo que realmente importa.
Al igual que la luz se reconoce por la oscuridad, la vida cobra valor y urgencia porque sabemos que va a terminar.
Las grandes corrientes filosóficas como él estoicismo, recuerdan que aceptar la mortalidad ayuda a vivir con mayor autenticidad, coraje y propósito.
Desde la biología la muerte es un proceso de trasformación y cesación física que forma parte del flujo constante de la naturaleza.
Más allá el plano físico, la huella que una persona deja en los demás, sus valores y su historia continúan resonando en quienes siguen adelante.
Para muchas tradiciones la muerte es un tránsito, un paso hacia la eternidad o una puerta que revela las costumbres y creencias más profundas de un pueblo.
La muerte no es lo opuesto a la vida, sino su límite y el elemento que da verdadero sentido y profundidad.
Entonces la muerte no es lo opuesto de la vida, sino su compañera silenciosa y la certeza que le da forma a nuestro tiempo.
Saber que el tiempo es finito es lo único que vuelve valioso cada instante.
Los planes, las prisas y las preocupaciones cotidianas suelen desvanecerse cuando se recuerda que todo es prestado.
“EL ACTO DE PARTIR ES TAN SAGRADO COMO EL LLEGAR; AMBOS FORMAN PARTE DEL MISMO VIAJE HUMANO “