
Hace unos días, la tragedia sacudió a una escuela secundaria en Torreón, Coahuila. Dos hermanos gemelos irrumpieron en el plantel armados, cometiendo un acto de agresión terrible que dejó un saldo doloroso y a una comunidad en shock. Poco después del ataque, los jóvenes fueron sometidos, y rápidamente comenzó a circular un video muy fuerte en redes sociales mostrando el momento de su captura.
En las imágenes, se ve a una turba enardecida golpeando a los agresores sin piedad. Sin embargo, en medio del caos y la furia, resalta un detalle escalofriante: se escucha el grito desesperado de un grupo de mujeres pidiendo que detuvieran la golpiza, advirtiendo que los iban a matar ahí mismo. Ese momento, ese grito en medio de la barbarie, es el punto de partida para una reflexión que nos urge como sociedad.
Hay que decirlo claro y en la primera línea: eso no es justicia, es venganza. Y tenemos que entender que la línea que divide a ambas es sumamente delgada.
Esta reacción colectiva, esta sed de hacer justicia por mano propia que vemos en el video —y que tantas veces aplaudimos en redes sociales cuando linchan a un ratero o a cualquier delincuente— no es ninguna casualidad. Nace de un hartazgo profundo y real. La gente, la sociedad entera, está cansada. Durante años hemos puesto estas situaciones en manos de las instituciones y el resultado ha sido siempre el mismo: pura decepción.
Hemos visto cómo los criminales entran por una puerta y, por corrupción o ineficiencia, salen libres para volver a delinquir. Cuando las autoridades pierden credibilidad y nos fallan, el vacío se llena de desesperación.
Pero aquí es donde debemos tener cuidado. Vivimos en una época de miedo, y ese terror constante nos está transformando. Nos ha llevado a un punto de quiebre donde estamos cometiendo actos igual de viles que los de aquellos a quienes queremos castigar. Hoy, hasta los «buenos», esos ciudadanos trabajadores y honestos, nos estamos matando entre nosotros sin hacer preguntas. Solo porque sí.
Olvidamos por completo que la justicia existe precisamente para evitar castigos desmedidos o, peor aún, para evitar que se castigue a quien no lo merece. Porque ese hartazgo ciego ya ha cobrado la sangre de personas inocentes.
Todos conocemos historias recientes de personas que, por el simple hecho de ser ajenas a una colonia o por tener una apariencia distinta, son agredidas por una multitud. Hemos visto cómo linchan a gente confundida con ladrones, violadores o acosadores, cuando en realidad eran simples transeúntes. Esa es la trampa de la venganza: no escucha razones, no pide pruebas, solo busca desahogar su furia.
Todo esto es el reflejo claro de un Estado fallido y de instituciones que no sirven. Pero hay una verdad más dura que debemos aceptar: es también el reflejo de una sociedad podrida. No podemos pasar la vida culpando del todo al gobierno cuando nosotros mismos nos convertimos en parte del problema, cuando aplaudimos la barbarie y dejamos de lado nuestra humanidad.
En México somos más los buenos, de eso no me cabe ninguna duda. Pero ya no basta con ser buenos en silencio. Es hora de que los ciudadanos íntegros alcen la voz y sean quienes tomen las decisiones y el liderazgo en sus comunidades. Debemos hacerlo incluso de frente a ese miedo y a la impotencia que nos da vivir en nuestro corrupto país. Exigir verdadera justicia y no ceder ante la venganza es el primer paso para demostrar que no somos iguales a los monstruos que queremos destruir.