
Por: Jorge Gómez Carranco
México había sido mucho más que una nación nacida en 1810, mucho antes de que existiera una bandera, un escudo o un nombre que nos identificara como país, aquella tierra ya había sido hogar de pueblos que habían aprendido a mirar el cielo, a sembrar el maíz, a caminar entre montañas, a aprovechar el agua y a levantar ciudades que todavía hoy asombran al mundo, habían sido hombres y mujeres que, generación tras generación, habían construido una historia que no siempre había quedado escrita en los libros, pero que había sobrevivido en sus pueblos, en sus lenguas, en sus costumbres y en la memoria de sus descendientes. Olmecas, Mayas, Zapotecos, Mixtecos, Purépechas, Toltecas, Teotihuacanos, Mexicas y muchos otros pueblos habían dado forma a una tierra extraordinaria, habían observado los movimientos de los astros, desarrollado conocimientos, cultivado plantas que después alimentarían a millones y construido grandes centros ceremoniales, aquellas civilizaciones habían dejado una herencia que siglos después seguiría presente en nuestra comida, en nuestras palabras, en nuestras fiestas y en la manera en que entendíamos nuestra tierra.
Después había llegado el encuentro con Europa y nada volvería a ser igual, durante tres siglos se habían mezclado culturas, lenguas, conocimientos, sabores, tradiciones y formas de vida, había sido una etapa compleja, marcada también por profundas desigualdades y sufrimientos, pero de aquella historia había surgido una sociedad nueva, diversa y llena de contrastes, que con el paso del tiempo comenzaría a reconocerse como parte de una nación propia.
El 16 de septiembre de 1810, en Dolores Guanajuato Miguel Hidalgo había hecho sonar el llamado que daría inicio a uno de los movimientos más importantes de nuestra historia, no había estado solo, junto a él habían aparecido nombres que hoy reconocemos en nuestros libros: Ignacio Allende, Juan Aldama, Josefa Ortiz de Domínguez, José María Morelos, Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria, pero detrás de ellos habían marchado miles de personas cuyos nombres quizá nunca llegaron a un monumento, hombres y mujeres del pueblo que habían dejado su trabajo, sus hogares y, en muchos casos, la vida misma, por una causa que todavía no podían saber cómo terminaría; la lucha había durado más de diez años. hubo triunfos, derrotas, pérdidas y momentos de incertidumbre para que finalmente, el 27 de septiembre de 1821, el ejército Trigarante había entrado a la Ciudad de México y la Independencia se había consumado, teniendo como resultado el renacer de un país libre, pero comenzaba entonces una tarea todavía más grande: aprender a construir una nación.
México atravesaba conflictos, cambios políticos, intervenciones extranjeras, reformas y revoluciones, en Dolores había permanecido una pieza que, con el paso del tiempo, se convertiría en uno de los símbolos más queridos de nuestra historia: la Campana de Dolores, aquella campana no había sido fabricada para convertirse en un símbolo nacional, había existido mucho antes de la Independencia, su inscripción, fechada en 1768, recordaba que ya llevaba décadas en aquella torre cuando Miguel Hidalgo realizó su llamado, la tradición histórica la había relacionado con aquella madrugada y, durante los primeros 86 años después del inicio de la Independencia, había permanecido en Dolores, lejos del Zócalo y de las grandes ceremonias de la capital.
En 1896, durante el gobierno de Porfirio Díaz se había decidido trasladarla a la Ciudad de México para incorporarla a las celebraciones de Independencia, el 28 de junio había sido retirada de la torre de la parroquia de Dolores y el 1 de julio había llegado a la capital, su llegada había sido todo menos silenciosa, recorrió las calles sobre un carro alegórico tirado por seis caballos, rodeada de una gran comitiva, banderas y una multitud que había salido a presenciar aquel acontecimiento.
El 15 de septiembre de 1896 había ocurrido algo que cambiaría para siempre la historia de la campana, desde el balcón principal de Palacio Nacional, Porfirio Díaz la había hecho sonar frente a una multitud, aquel repique había comenzado entonces una nueva tradición, la campana que durante décadas había permanecido en Dolores había pasado a convertirse en el sonido que acompañaría, año tras año, la ceremonia del Grito de Independencia, treinta años después, en 1926, la fachada de Palacio Nacional había sido modificada y se había construido el nicho sobre el balcón central donde la campana quedó colocada, desde entonces, millones de mexicanos la habían visto allí, sin imaginar necesariamente todo el camino que había recorrido para llegar hasta ese lugar, aquella pieza, de aproximadamente 750 kilogramos, había atravesado generaciones enteras, había nacido en el siglo XVIII, había permanecido en Dolores durante décadas, anteriormente fue trasladada a la capital y había terminado convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles de las fiestas patrias.
Un 15 de septiembre de 2026 habían pasado 130 años desde aquella primera noche en que la campana había sonado desde Palacio Nacional, y pasaron más de dos siglos y medio desde que aquella pieza había sido elaborada, nuestra transición pasó por distintos tiempos, distintos gobiernos y distintas generaciones, hemos visto cambiar a México sin dejar de representar algo esencial: la memoria de un pueblo que había aprendido a levantarse una y otra vez y quizá por eso, cuando aquella noche volviera a escucharse su repique, no habría que mirar solamente hacia el balcón de Palacio Nacional, habría que mirar hacia atrás, mirar nuestros pueblos, mirar nuestros abuelos, mirar a quienes estuvieron antes de nosotros, mirar a aquellos hombres y mujeres que, sin saberlo, habían comenzado a escribir una historia que nosotros continuaríamos.
Porque detrás de cada bandera habría una familia, detrás de cada canción habría una memoria, detrás de cada tradición habría generaciones enteras y detrás de cada ¡Viva México! habría millones de historias que habían llegado hasta nosotros. México no había sido construido en una sola madrugada, había nacido de miles de años, de encuentros, sacrificios, sueños y esfuerzos, había sido heredado por quienes estuvieron antes y había quedado en nuestras manos para seguir construyéndolo. Y mientras aquella campana siguiera sonando, México seguiría recordándonos de dónde veníamos, quiénes habíamos sido y todo lo que todavía quedaba por construir. ¡Viva México!