sábado, 19 de septiembre de 2026 Noticias al momento
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Nuestra mente a menudo sufre más por las mentiras que aceptamos sin cuestionar que por la realidad misma. Al examinar el pasado, el deber de un hombre racional es despojarse de las pasiones, abandonar los dogmas que halagan el orgullo y observar los hechos con la fría luz de la razón.

Se nos ha enseñado a venerar un relato histórico construido sobre ilusiones, una mentira repetida miles de veces a través de la cultura y la educación formal para comprometer nuestras emociones y anular nuestro pensamiento crítico.

La llamada Independencia de México, vista sin el velo del romanticismo, se revela como un fraude monumental y el inicio de una fragmentación destructiva. Nos aferramos a la fantasía de que este país existía desde hace 3,000 años, cuando en la realidad estas tierras estaban habitadas por múltiples pueblos sin unidad política, económica, monetaria o lingüística.

Muchos de ellos se encontraban sometidos por el yugo opresor, el sacrificio humano y el canibalismo ritual de los mexicas. La verdadera forja de lo que somos hoy nació del choque violento de civilizaciones que derivó en la Nueva España. Este reino, lejos de ser una colonia miserable y hambrienta, alcanzó niveles de prosperidad asombrosos: poseía una economía vibrante, salarios superiores a los de Europa en su época, producía el 60% de la plata mundial, carecía de deuda externa y gozó de 250 años de paz.

Sin embargo, como nos enseña la naturaleza, todo imperio tiene su ciclo ineludible de decadencia. La caída de la monarquía hispánica no fue la obra de sabios buscando la libertad auténtica, sino el resultado del colapso interno y la manipulación externa. Aquellos a los que hoy coronamos como próceres actuaron muy lejos de la virtud. Miguel Hidalgo, por ejemplo, no obró guiado por un proyecto de Estado o por la justicia, sino que era un hombre acorralado por sus deudas, sus placeres desmedidos y su ira. Un hombre esclavo de sus vicios jamás podrá ser arquitecto de la libertad. Su levantamiento no buscaba la independencia, sino que fue un alarido desesperado que promovió el saqueo, la destrucción y la matanza de civiles, paralizando el comercio y destruyendo la riqueza de la nación.

Detrás de las pasiones de estos hombres operaron intereses extranjeros que entendían una máxima innegable: la mejor forma de destruir a un gigante es hacer que se devore a sí mismo. Agentes británicos y estadounidenses, a través de logias masónicas, utilizaron el resentimiento y la arrogancia de los criollos para desintegrar Hispanoamérica desde sus cimientos.

Su objetivo jamás fue nuestra libertad, sino fragmentar un territorio unido para abrir mercados a la Revolución Industrial e hipotecar el futuro de las nuevas repúblicas con deudas externas impagables. Cambiamos un modelo de prosperidad compartida por la sumisión económica a los imperios anglosajones.

Llevamos 200 años celebrando nuestra propia fragmentación a la que falsamente llamamos independencia. Durante dos siglos, hemos aplaudido nuestro fracaso, heredando un país perpetuamente endeudado, inestable y gobernado por la violencia interna. Para sanar, el hombre sabio primero debe aceptar que está enfermo.

Solo cuando tengamos el valor estoico de abandonar las fábulas infantiles que nos consuelan y miremos de frente la realidad de nuestra historia, podremos comenzar a ser verdaderamente dueños de nuestro destino.

 

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