
SEGUNDA PARTE
Aquí debemos entrar en una discusión que probablemente resultará incómoda.
La Secretaría de Educación Pública aseguró apenas en julio que la Nueva Escuela Mexicana se estaba consolidando, destacando una educación humanista, inclusiva, intercultural, comunitaria y orientada al desarrollo integral.
Los principios pueden ser valiosos.
¿Quién podría estar en contra de formar ciudadanos críticos, solidarios, conscientes de su comunidad y respetuosos de la diversidad?
Yo no.
El problema comienza cuando una política educativa parece preocuparse más por explicar cómo quiere formar al ciudadano que por demostrar qué está aprendiendo el estudiante.
Una educación humanista no debería estar peleada con las matemáticas.
La inclusión no debería estar peleada con la comprensión lectora.
El pensamiento crítico no puede existir sin conocimiento.
Y la formación comunitaria tampoco sustituye las competencias científicas.
No deberíamos escoger entre una cosa y otra.
México necesita ambas.
La Nueva Escuela Mexicana también debe ser evaluada
Aquí es necesario hacer otra precisión para ser justos.
PISA 2025 no puede interpretarse como una evaluación pura y definitiva de la Nueva Escuela Mexicana.
Los estudiantes examinados tenían 15 años y buena parte de su trayectoria educativa ocurrió antes de la implementación completa del nuevo Plan de Estudios 2022.
Además, la propia OCDE advierte que México ha incorporado progresivamente a más jóvenes de sectores históricamente marginados a la educación secundaria, fenómeno que puede influir parcialmente en los promedios nacionales.
Culpar exclusivamente a la NEM sería metodológicamente incorrecto.
Pero utilizar ese argumento para evitar evaluarla también sería irresponsable.
Porque los resultados llegan precisamente cuando México necesita preguntarse si el camino elegido está funcionando.
Y aquí aparece una contradicción.
La Nueva Escuela Mexicana defiende una evaluación principalmente formativa, vinculada al contexto, a proyectos y procesos de aprendizaje.
Eso puede tener ventajas pedagógicas.
Pero México también necesita instrumentos externos, comparables y transparentes que permitan saber si un estudiante de Puebla, Oaxaca, Nuevo León o Chiapas realmente domina matemáticas, lectura y ciencias.
Lo que no se mide difícilmente puede corregirse.
No culpemos al maestro
También sería profundamente injusto responsabilizar únicamente a maestras y maestros.
Los datos de PISA revelan problemas estructurales.
México tiene una de las proporciones más bajas de docentes plenamente certificados entre los sistemas participantes: alrededor de 54%, de acuerdo con los indicadores de la OCDE.
También registra apenas 2.26 computadoras por cada diez estudiantes, una de las relaciones más bajas entre los participantes.
A ello debemos agregar desigualdad social, infraestructura insuficiente, escuelas rurales con enormes carencias, brecha digital y diferencias familiares que condicionan el aprendizaje.
PISA muestra precisamente esa desigualdad.
El 30% de los estudiantes mexicanos evaluados se encuentra dentro del cuartil socioeconómico internacional más desfavorecido, y dentro de México los estudiantes socioeconómicamente aventajados superaron a los desfavorecidos por 68 puntos en ciencias.
Por eso no basta con cambiar libros.
No basta con modificar programas.
Y mucho menos con cambiarle el nombre al modelo educativo cada sexenio.
México necesita recuperar la cultura de la evaluación
Existe algo que deberíamos aprender de PISA.
Evaluar no significa castigar.
Evaluar significa conocer.
Si un alumno no comprende un texto, necesitamos saberlo.
Si tiene problemas con fracciones, necesitamos saberlo.
Si una escuela tiene resultados extraordinarios a pesar de encontrarse en una comunidad vulnerable, necesitamos estudiarla.
Y si una política educativa no funciona, necesitamos corregirla.
Por eso resulta preocupante que México haya debilitado durante los últimos años algunos de sus mecanismos nacionales comparables de evaluación.
No podemos administrar la educación únicamente mediante discursos, percepciones o reportes administrativos.
Necesitamos datos.
Necesitamos diagnósticos.
Necesitamos seguimiento.
Y necesitamos aceptar cuando los resultados contradicen la narrativa gubernamental.
Hay algo positivo que tampoco debemos ignorar
PISA 2025 también encontró algo extraordinariamente interesante.
Los estudiantes mexicanos muestran niveles relativamente altos de curiosidad y perseverancia.
El 81.2% afirmó que le encanta aprender cosas nuevas en la escuela y 75.9% dijo realizar un esfuerzo adicional cuando el trabajo se vuelve difícil. México aparece además entre los países con indicadores relativamente altos de curiosidad y perseverancia.
Eso cambia la interpretación.
Quizá el problema no sean nuestros jóvenes.
Tenemos estudiantes que quieren aprender.
Tenemos jóvenes curiosos.
Tenemos jóvenes dispuestos a esforzarse.
Entonces la pregunta se vuelve todavía más incómoda:
¿Qué está haciendo el sistema educativo con esas ganas de aprender?
Menos ideología y más evidencia
México necesita dejar de convertir la educación en una disputa ideológica sexenal.
Cada gobierno llega convencido de que debe reinventar la escuela.
Cambia planes.
Cambia libros.
Cambia conceptos.
Cambia instituciones.
Cambia discursos.
Pero los niños no pueden esperar seis años para descubrir si el experimento funcionó.
La Nueva Escuela Mexicana debe conservar aquello que funcione.
Y modificar aquello que no produzca aprendizaje.
Sin dogmas.
Sin defender programas simplemente porque pertenecen al gobierno en turno.
Porque una política educativa no debe evaluarse por lo bonito de sus principios.
Debe evaluarse también por sus resultados.
La educación humanista importa.
La comunidad importa.
La inclusión importa.
La igualdad importa.
Pero también importa que nuestros hijos sepan leer, razonar, calcular, investigar y resolver problemas.
PISA 2025 acaba de colocarnos nuevamente frente al espejo.
Siete de cada diez estudiantes mexicanos no alcanzan el nivel básico en matemáticas.
Uno de cada dos tampoco lo alcanza en lectura.
Uno de cada dos tampoco en ciencias.
Podemos discutir la metodología.
Podemos cuestionar a la OCDE.
Podemos defender nuestro modelo educativo.
Pero existe algo mucho más difícil de discutir:
México necesita mejores resultados educativos.
Y quizá la pregunta que deberían responder hoy la SEP, los gobiernos estatales, los sindicatos, las universidades y quienes diseñan la Nueva Escuela Mexicana sea mucho más sencilla:
Después de tantos cambios, reformas y discursos…
¿nuestros niños realmente están aprendiendo más?
Porque en educación también existe una verdad incómoda:
pasar de grado no necesariamente significa aprender.
Y ningún modelo educativo puede llamarse exitoso mientras millones de estudiantes continúen avanzando por las aulas sin adquirir las herramientas necesarias para
enfrentar el mundo que les espera.