De pronto, todos quieren ser candidatos.

Por: Gemma GRACIAN

Mis queridas y queridos en cada esquina aparece alguien convencido de que tiene las credenciales, la popularidad y, sobre todo, el derecho de ocupar una boleta electoral. Algunos llevan años trabajando por su comunidad; otros apenas descubrieron que la política puede ser una plataforma para alcanzar notoriedad, poder o beneficios personales.

Y ahí está el problema: la política no debería ser un arrebato.

Ser candidato no es ganar una discusión en redes sociales, tener muchos amigos, aparecer en fotografías, repartir apoyos o contar con los recursos económicos suficientes para financiar una campaña. Mucho menos debería convertirse en una carrera para ver quién llega primero a una posición desde la cual pueda enriquecerse.

Una candidatura implica algo mucho más serio: capacidad, preparación, trayectoria, responsabilidad y vocación de servicio.

Porque gobernar no es improvisar.

Representar a una sociedad significa tomar decisiones que afectan empleos, seguridad, educación, salud, infraestructura, familias y el futuro de miles —o millones— de personas. No basta con querer el cargo; hay que preguntarse si realmente se está preparado para ejercerlo.

Y quizá esa sea una de las preguntas que menos nos hacemos:

¿Quiero ser candidato porque quiero servir o porque quiero tener poder?

La diferencia parece pequeña, pero lo cambia todo.

Hay quienes buscan una candidatura porque tienen un proyecto, conocen los problemas de su comunidad y llevan años construyendo soluciones. Pero también están quienes convierten la política en una especie de escaparate personal: hoy quieren ser regidores, mañana diputados, después presidentes municipales y, si se puede, cualquier posición que les permita mantenerse dentro del círculo del poder.

Eso no es vocación.

Eso es ambición.

Y la ambición, cuando no está acompañada de principios, preparación y límites, puede convertirse en uno de los mayores peligros para una sociedad.

Necesitamos recuperar la idea de que un cargo público es una responsabilidad, no un premio.

No todos tienen que ser candidatos.

Y decirlo no debería ser un insulto.

Al contrario: reconocer nuestras propias limitaciones también es un acto de responsabilidad. Hay personas extraordinarias que pueden servir desde la sociedad civil, desde una empresa, desde una organización, desde la academia, desde una profesión o simplemente desde su comunidad, sin necesidad de aparecer en una boleta.

La política necesita menos egos y más resultados.

Menos personas preguntando “¿qué me toca?” y más personas preguntando “¿qué puedo aportar?”

Porque esto no es un juego.

Tampoco es un negocio.

Y mucho menos debería ser un mecanismo de enriquecimiento personal.

El dinero público no pertenece a quien gobierna. El poder tampoco.

Ambos son prestados por la ciudadanía.

Por eso, antes de levantar la mano para pedir una candidatura, habría que levantar la conciencia y preguntarnos si tenemos realmente la preparación, la trayectoria, el carácter y la honestidad necesarios para asumirla.

Porque una candidatura puede conseguirse con dinero, relaciones o estrategia.

Pero gobernar bien requiere mucho más.

Requiere preparación.

Requiere carácter.

Requiere resultados.

Y, sobre todo, requiere entender que detrás de cada voto hay una persona que está depositando algo mucho más valioso que su confianza:

la esperanza de que alguien haga las cosas mejor.

Que no nos gane el arrebato de querer ser candidatos.

Que nos gane la responsabilidad de querer servir.

Porque México no necesita más políticos desesperados por llegar.

Necesita servidores públicos preparados para estar a la altura.