
La vida nos presenta retos dentro de lo cotidiano, esos momentos que no se esperan, se tienen que sortear porque rompen la rutina y son parte del camino, nos muestran la templanza interior; porque no hay nada más aterrador que perder el control, por eso nos da tanto miedo la muerte porque dentro de nosotros sabemos que existe, pero creemos segura la vida.
Cuando llegan esas olas del destino donde tienes que permanecer concentrado más claro y tranquilo, pareciera que todo se vuelve más complicado porque ese mar tranquilo de lo conocido donde se solía navegar con ruta clara se vuelve incertidumbre pura y eso hasta al más estoico le puede provocar frustración.
Lo real es que sin importar que sensación, emoción o hasta sentimiento surjan tener la madurez de enfrentar lo que se nos presente, nos vuelve acreedores a un crecimiento personal, porque ese autocontrol habla de madurez pura; así que la próxima vez que algo se salga de lo planeado recordemos que es una invitación a ejercer nuestro autocontrol y demostrar que podemos moderarnos.
Si la vida no nos diera estos retos nunca podríamos demostrar que hemos crecido y aunque algunas situaciones son más complidas que otras todas tienen algo en común, son inesperadas y eso es lo que las hace especiales para bien o para mal, nos sacan de nuestra zona de confort y nos demuestran que tan preparados estamos ante las sorpresas que todos los seres humanos sorteamos a lo largo de este paso por la tierra.
La próxima vez que tengas un inconveniente entiéndelo como una invitación a ser lo más complicado no reaccionar de inmediato, sino reaccionar inteligente, que la inteligencia emocional sea nuestra bandera ante un mundo lleno de situaciones inesperadas y que estas piedras que en ocasiones nos lanzan se vuelvan escaleras que nos conduzcan a otro piso de madurez espiritual; porque sin retos no podríamos saber lo hábiles que nos hemos vuelto o las lecciones que aún tenemos que repetir, dándole sentido a todo.