
«¿Y si sí?»: la peligrosa campaña que puede normalizar la mediocridad del futbol mexicano
* México volvió a creer.
Las calles se pintaron de verde, blanco y rojo; las plazas públicas estallaron con cada gol y las redes sociales repitieron una frase hasta convertirla en un fenómeno nacional: «¿Y si sí?»
¿Y si México era campeón del mundo?
¿Y si esta generación rompía la historia?
¿Y si ahora sí llegaba el famoso quinto partido… o incluso mucho más lejos?
La frase parecía inofensiva. Inspiradora, incluso.
Pero detrás de ese mensaje optimista se esconde una pregunta mucho más incómoda:
¿Estamos construyendo una cultura de excelencia… o una cultura donde basta con creer, aunque los resultados sigan siendo prácticamente los mismos?
La campaña «¿Y si sí?» no nació necesariamente como una estrategia institucional de la Federación Mexicana de Fútbol. Su origen se asocia a expresiones utilizadas por integrantes del entorno de la selección y posteriormente amplificadas por medios de comunicación, patrocinadores y millones de aficionados. Muy pronto dejó de ser una frase para convertirse en una narrativa nacional.
Y ahí comienza el problema.
No porque creer sea malo.
El deporte necesita ilusión.
Lo peligroso es cuando la ilusión sustituye al análisis.
México tuvo una Copa del Mundo competitiva. Superó la fase inicial, avanzó a la ronda de dieciseisavos y posteriormente fue eliminado por Inglaterra en octavos de final con un marcador de 3-2.
Fue una participación digna.
Pero dignidad no significa excelencia.
Conviene recordar el contexto. El Mundial de 2026 amplió su formato a 48 selecciones, incorporando una ronda adicional de eliminación directa. En consecuencia, avanzar una fase más no equivale automáticamente a un salto histórico en el nivel competitivo.
La pregunta entonces es inevitable:
¿Realmente cambió el futbol mexicano o simplemente cambió el formato del torneo?
Las estadísticas invitan a la prudencia.
México nunca ha disputado una semifinal de una Copa del Mundo. Sus mejores actuaciones continúan siendo los cuartos de final alcanzados como país anfitrión en 1970 y 1986. Entre 1994 y 2018 acumuló siete eliminaciones consecutivas en los antiguos octavos de final, mientras que en Qatar 2022 quedó eliminado desde la fase de grupos.
Es decir, durante más de medio siglo el techo deportivo prácticamente no ha cambiado.
Sin embargo, el discurso sí cambió.
Y ahí es donde la psicología ofrece una explicación interesante.
Diversas investigaciones en psicología cognitiva describen el llamado sesgo de optimismo (optimism bias), la tendencia natural de las personas a sobreestimar la probabilidad de obtener resultados positivos y minimizar las probabilidades reales de fracaso.
Un estudio publicado en PLoS One encontró que aficionados e incluso periodistas deportivos suelen sobrevalorar sistemáticamente las posibilidades de éxito de su equipo favorito, aun cuando los datos objetivos indiquen lo contrario. El sentimiento de pertenencia modifica la percepción de la realidad.
No es un defecto.
Es un mecanismo profundamente humano.
A ello se suma otro fenómeno ampliamente documentado por la psicología: la identidad social.
Cuando millones de personas se identifican emocionalmente con un equipo nacional, las victorias generan orgullo colectivo, pero las derrotas también tienden a reinterpretarse para proteger ese vínculo emocional.
Aquí aparece un tercer concepto: la disonancia cognitiva.
La evidencia científica muestra que cuando los resultados contradicen nuestras expectativas solemos justificar lo ocurrido para reducir el malestar psicológico.
Por eso, después de cada eliminación aparecen frases conocidas:
«Se perdió con dignidad.»
«Competimos contra un grande.»
«Ahora sí se vio otra actitud.»
«La próxima será.»
Todas pueden ser ciertas.
Pero también pueden convertirse en una forma de evitar discutir los problemas estructurales del futbol mexicano.
Y esos problemas llevan décadas sobre la mesa.
Menor exportación de futbolistas hacia las principales ligas europeas que otras potencias emergentes; procesos de formación con resultados irregulares; decisiones deportivas frecuentemente influenciadas por intereses comerciales; una liga económicamente poderosa, pero que no siempre traduce ese éxito financiero en desarrollo competitivo internacional.
Paradójicamente, el negocio funciona.
La Selección Mexicana continúa siendo uno de los productos deportivos más rentables del continente. Genera audiencias millonarias, vende camisetas, llena estadios y moviliza inversiones publicitarias extraordinarias.
El éxito comercial no siempre ha ido acompañado del éxito deportivo.
Y precisamente ahí reside el mayor riesgo de campañas como «¿Y si sí?».
No porque inviten a soñar.
Sino porque pueden desplazar la conversación desde la exigencia hacia la esperanza permanente.
Mientras la afición siga creyendo que competir ya es suficiente, la presión para transformar las estructuras disminuye.
Las grandes potencias del futbol no construyeron campeonatos únicamente con optimismo.
Alemania, Francia, España o Argentina reformaron procesos completos de formación, captación de talento, metodología y desarrollo juvenil después de sus fracasos internacionales.
No respondieron con campañas publicitarias.
Respondieron con proyectos deportivos.
México necesita exactamente eso.
Porque creer nunca será suficiente.
La ilusión es indispensable para cualquier afición.
El conformismo, en cambio, es profundamente peligroso.
Una sociedad que celebra el esfuerzo está haciendo bien.
Una sociedad que deja de exigir resultados porque prefiere quedarse con una buena campaña emocional corre el riesgo de normalizar la mediocridad.
No se trata de dejar de apoyar a la Selección.
Se trata de apoyar con espíritu crítico.
De reconocer cuando se juega bien, pero también de exigir que una de las industrias futbolísticas más grandes del continente produzca resultados acordes con sus recursos.
El verdadero problema no es preguntar «¿Y si sí?»
El verdadero problema es conformarse con la pregunta y olvidar exigir las respuestas.
Porque si la Federación, los clubes, los patrocinadores, los medios… y también la afición… siguen confundiendo esperanza con excelencia, ilusión con planeación y marketing con proyecto deportivo, el resultado probablemente será el mismo de siempre.
Mucho entusiasmo.
Mucha emoción.
Mucha expectativa.
Y otra generación convencida de que esta vez sí era diferente.
Hasta que el siguiente Mundial vuelva a preguntarnos exactamente lo mismo.