
Por: Gemma GRACIAN
Mis queridas y queridos lectores en política, los partidos no solo se fortalecen por quienes llegan, sino también por quienes deciden irse. En los últimos meses, Morena ha enfrentado un fenómeno que comienza a generar inquietud dentro de sus propias filas: la salida, el distanciamiento o las negociaciones de algunos de sus perfiles más competitivos con otras fuerzas políticas.
Lo que durante años fue un movimiento que atrajo liderazgos ciudadanos, empresarios, académicos y políticos provenientes de distintos partidos, hoy parece enfrentar una realidad distinta. Diversos actores que en su momento vieron en Morena una oportunidad de transformación comienzan a expresar inconformidades relacionadas con la falta de apertura, la concentración de decisiones en pequeños grupos y los procesos internos para la selección de candidaturas.
La situación resulta especialmente relevante porque muchos de estos perfiles aportaban experiencia, arraigo territorial y capacidad electoral. Su posible salida no representa únicamente una baja numérica, sino la pérdida de capital político que ayudó a construir victorias en distintos estados y municipios.
Analistas políticos han señalado que, conforme Morena se convirtió en la principal fuerza política del país, también comenzaron a surgir disputas internas por espacios de poder. Lo que antes unía bajo una misma causa, hoy parece generar divisiones entre grupos, corrientes y liderazgos regionales que buscan mayores oportunidades de participación.
La consecuencia inmediata es que otros partidos han comenzado a acercarse a estos perfiles inconformes. En un escenario político cada vez más competitivo rumbo a los próximos procesos electorales, los liderazgos con reconocimiento social se han convertido en piezas codiciadas para fortalecer proyectos alternativos.
Más allá de nombres específicos, el mensaje es claro: cuando un partido empieza a perder a quienes representan experiencia, credibilidad y capacidad de convocatoria, se encienden señales de alerta. Ninguna organización política es invencible, y la historia democrática demuestra que los grandes movimientos pueden debilitarse cuando dejan de escuchar a su propia militancia.
Para Morena, el desafío no es únicamente conservar el poder, sino mantener la unidad interna que le permitió alcanzarlo. Si las inconformidades continúan creciendo y más perfiles deciden explorar opciones fuera del movimiento, el partido podría enfrentar una etapa de desgaste político que impacte su competitividad en futuras elecciones.
La fortaleza de un proyecto político no se mide solamente por el número de cargos que ocupa, sino por su capacidad para retener talento, construir consensos y ofrecer espacios reales de participación. Cuando los liderazgos comienzan a mirar hacia otras alternativas, la pregunta deja de ser quién se va y pasa a ser por qué tantos están pensando en hacerlo.