
Por años, en México se nos ha repetido que la educación es “la palanca del desarrollo”. El problema es que esa palanca hoy está oxidada. Mientras el discurso oficial presume cobertura, becas y nuevos modelos educativos, la realidad es mucho más dura: millones de estudiantes mexicanos avanzan de grado sin comprender lo que leen, sin resolver operaciones matemáticas básicas y sin las herramientas mínimas para competir en un mundo globalizado.
La tragedia educativa mexicana ya no puede maquillarse con ceremonias escolares ni con propaganda institucional. Los datos son demoledores.
Los resultados de la prueba PISA 2022 colocaron a México en el lugar 35 de 37 países de la OCDE. Apenas el 34% de los estudiantes mexicanos alcanzó el nivel básico en matemáticas, cuando el promedio de la OCDE es del 69%; en lectura, México llegó al 53%, frente al 74% internacional.
En otras palabras: dos de cada tres estudiantes mexicanos no dominan habilidades matemáticas elementales. Y eso no es un problema académico; es una sentencia económica y social para toda una generación.
Lo más alarmante es que el rezago no disminuye: se profundiza. Diversos análisis recientes advierten que México arrastra un atraso educativo equivalente a casi dos años escolares tras la pandemia. Más de 24 millones de personas viven en condición de rezago educativo.
Pero la crisis no termina ahí. El abandono escolar sigue creciendo, especialmente en educación media superior. Durante el ciclo 2023-2024, 11.3 de cada 100 estudiantes dejaron el bachillerato. A ello se suma otro dato brutal: más de siete millones de jóvenes mexicanos están fuera de la educación media superior.
Mientras tanto, el sistema parece concentrado más en repartir becas que en garantizar aprendizaje. Las becas son importantes, sí, pero no sustituyen maestros capacitados, infraestructura digna, conectividad, evaluación ni innovación pedagógica. Hoy, más de la mitad de las escuelas del país siguen sin acceso adecuado a internet, y especialistas advierten que la formación docente continúa abandonada.
México vive una paradoja absurda: cada vez hay más alumnos inscritos, pero menos aprendizaje real.
La política educativa ha caído en una peligrosa simulación donde aprobar parece más importante que aprender. Se eliminan evaluaciones, se flexibilizan criterios y se reducen exigencias académicas bajo el argumento de la inclusión. Pero la verdadera exclusión ocurre cuando un joven termina la preparatoria sin comprender un texto complejo o sin poder resolver un problema matemático cotidiano.
La desigualdad también se refleja brutalmente en las aulas. Los estudiantes más pobres, indígenas o rurales siguen recibiendo la peor educación. En 2024, el rezago educativo entre niñas, niños y adolescentes indígenas alcanzó el 21.8%, más del doble que entre la población no indígena.
Y mientras países como Corea del Sur o Estonia fortalecen comprensión, pensamiento crítico y tecnología educativa, México sigue atrapado en debates ideológicos, improvisaciones curriculares y decisiones políticas que poco tienen que ver con la calidad académica.
El problema de fondo es que la educación dejó de ser una prioridad estratégica de Estado y se convirtió en un instrumento político. Se apuesta más por la narrativa que por los resultados. Más por el control sindical y burocrático que por la excelencia.
Sin educación de calidad no habrá crecimiento económico sostenible, innovación ni movilidad social. Un país con estudiantes mal preparados es un país condenado a empleos precarios, baja productividad y dependencia tecnológica.
México no necesita solamente más escuelas abiertas. Necesita escuelas que realmente enseñen.
Porque una nación no fracasa cuando sus niños dejan de ir a clases. Fracasa cuando asiste a ellas… y aun así no aprende nada.