
Por: Jorge Gómez Carranco
PRIMERA PARTE
El debate historiográfico en torno a la figura de Porfirio Díaz constituye uno de los ejercicios más reveladores sobre cómo las naciones construyen y deconstruyen sus mitos fundacionales. Durante décadas, la narrativa oficial mexicana, forjada en el calor revolucionario, se empeñó en reducir al general oaxaqueño a la categoría de tirano, borrando con ello una realidad más compleja y, en muchos sentidos, extraordinaria. Para comprender la verdadera dimensión del Porfiriato es necesario situarlo en su contexto histórico preciso y contrastarlo honestamente con la administración de Benito Juárez, figura que la misma narrativa oficial elevó a la condición de semidiós republicano, con frecuencia eludiendo sus propias contradicciones.
Cuando Porfirio Díaz asumió el poder en 1876, México era un país exhausto. Décadas de guerra civil, intervención extranjera y gobiernos efímeros habían dejado a la nación en una postración casi terminal. Las arcas públicas estaban vacías, la deuda externa era impagable, no existía un sistema bancario formal y la infraestructura era prácticamente inexistente. En este punto es necesario ser justos con Juárez: su gobierno enfrentó circunstancias históricas de una violencia extraordinaria. La Guerra de Reforma y la resistencia contra el Imperio de Maximiliano consumieron sus mejores años y sus mejores recursos. Juárez fue, ante todo, un estadista de la sobrevivencia nacional, un hombre que mantuvo viva la llama de la república cuando todo parecía perdido. Su grandeza es real e indiscutible en ese plano. Sin embargo, lo que con frecuencia se omite es que también gobernó con mano dura, que se reeligió en condiciones cuestionables, que reprimió a sus opositores y que concentró el poder de maneras que prefiguran, más que contradicen, al Porfiriato. La diferencia fundamental entre ambos no fue de método sino de resultado material: Juárez heredó un país destruido y lo entregó apenas estabilizado; Díaz lo recibió estabilizado y lo transformó en algo cualitativamente distinto.
La modernización económica que el Porfiriato impulsó no tiene parangón en la historia mexicana del siglo XIX ni en buena parte del XX. La red ferroviaria es el ejemplo más elocuente: de poco más de seiscientos kilómetros de vías existentes en 1876, México pasó a contar con más de diecinueve mil kilómetros para 1910, convirtiendo al país en uno de los mejor comunicados de América Latina. Este no fue un logro menor ni puramente estético; los ferrocarriles integraron mercados regionales que habían permanecido aislados durante siglos, permitieron el transporte masivo de minerales, granos y manufacturas, y articularon por primera vez una economía verdaderamente nacional. Junto a ello, la inversión extranjera fluyó hacia México de manera sostenida: capitales estadounidenses, británicos y franceses financiaron la minería industrial, la industria textil, la explotación petrolera incipiente y la construcción de puertos. El secretario de Hacienda José Yves Limantour, uno de los grandes tecnócratas del continente, logró algo que ningún gobierno anterior había conseguido: sanear las finanzas públicas y producir los primeros superávits fiscales de la historia mexicana. Este dato, frecuentemente ignorado por la historiografía revolucionaria, resulta fundamental para entender por qué amplios sectores de la élite intelectual y empresarial de la época consideraban a Díaz no como un dictador sino como el arquitecto de la modernidad mexicana.
La transformación no se limitó al ámbito económico. Las ciudades mexicanas, y en particular la capital, experimentaron una metamorfosis urbana sin precedentes. La introducción del alumbrado eléctrico, la construcción de sistemas de drenaje, la pavimentación de calles, la edificación de hospitales, teatros, escuelas y edificios gubernamentales de arquitectura neoclásica y art Nouveau convirtieron a la Ciudad de México en una capital capaz de compararse con Buenos Aires o Santiago en términos de modernidad urbana. La educación pública laica, que Juárez había comenzado a cimentar con la Ley Orgánica de Instrucción Pública y la fundación de la Escuela Nacional Preparatoria bajo la dirección positivista de Gabino Barreda, fue ampliada y consolidada durante el Porfiriato. Se fundaron nuevas instituciones culturales, se reformaron las escuelas de arte y música, y floreció una vida intelectual activa que produjo figuras de la talla de Manuel Gutiérrez Nájera y Amado Nervo. Todo ello en un país que apenas tres décadas antes había sido escenario de una guerra de intervención extranjera.
Continuará …