
Hay pérdidas que no se acomodan con el paso del tiempo, solo cambian de lugar dentro de uno. La muerte de una madre es una de ellas. Y cuando se aproxima el 10 de mayo en México, ese lugar interno parece volverse más sensible, como si la ausencia tuviera calendario propio.
Desde la mirada tanatológica, no se trata de “superar” en el sentido de dejar atrás, sino de aprender a relacionarse de otra manera con la ausencia. El vínculo con la madre no termina con su muerte; se transforma. Sin embargo, fechas como el Día de las Madres confrontan esa transformación con una realidad concreta: el mundo sigue celebrando mientras, para muchos, hay una silla vacía.
El entorno social juega un papel importante. Las flores, los restaurantes llenos, las publicaciones en redes sociales, incluso los mensajes bien intencionados, pueden intensificar el dolor. No es debilidad sentir incomodidad o tristeza ese día; es una reacción profundamente humana ante un recordatorio colectivo de lo que ya no está en la forma en que solía estar.
Una de las tareas del duelo es legitimar lo que se siente. Hay quienes experimentan nostalgia serena, otros enojos, otros un vacío difícil de nombrar. A veces todo ocurre en el mismo día. Permitirse sentir sin juicio es un primer paso importante. Negar el dolor no lo disuelve; solo lo desplaza.
También es útil reconocer que el amor no desaparece con la muerte. Muchas personas encuentran consuelo en construir pequeños rituales personales: preparar la comida que ella hacía, escuchar la música que le gustaba, visitar un lugar significativo o simplemente encender una vela. Estos actos no buscan sustituir su presencia, sino darle un espacio simbólico que permita expresar el vínculo que continúa.
Desde la tanatología se habla de “recolocar” al ser querido en la vida emocional. Esto implica integrar su recuerdo de manera que no paralice, sino que acompañe. No es un proceso lineal ni rápido. Algunas personas necesitan compañía profesional; otras encuentran sostén en la familia o en amistades cercanas. Pedir ayuda no es señal de fragilidad, sino de cuidado.
En el caso específico del 10 de mayo, puede ser útil tomar decisiones conscientes: ¿quiero participar en celebraciones familiares o prefiero un espacio más íntimo? ¿Me haría bien estar acompañada o necesito estar a solas? No hay respuestas correctas universales. Hay elecciones que pueden hacer ese día un poco más habitable.
Para muchas personas, con el tiempo surge una pregunta silenciosa: ¿qué hago ahora con todo lo que recibí de ella? A veces, honrar a la madre implica llevar algo de su esencia al presente: su forma de cuidar, sus valores, sus enseñanzas. No como una carga, sino como una herencia viva.
El duelo por la madre no termina, pero sí se transforma. Y en medio de esa transformación, el 10 de mayo puede dejar de ser solo un recordatorio de ausencia para convertirse, poco a poco, en un espacio donde también cabe la memoria, la gratitud y, en ciertos momentos, una forma distinta de amor.
Preguntas para la reflexión:
¿Qué parte de mi madre sigue viva en mí hoy?
¿Cómo puedo honrar su memoria sin exigirme “estar bien”?
¿Qué necesito este 10 de mayo: compañía, silencio, ritual, ¿distancia?
¿Qué emociones aparecen cuando pienso en ella y qué me dicen sobre mi proceso?
¿Qué significaría para mí transformar este día sin negar lo que duele?
Memento mori