Morena se derrumba: María Luisa Alcalde sale de la dirigencia de Morena

Por: Gemma GRACIAN

Mis queridas y queridos lectores la reciente salida de María Luisa Alcalde de la dirigencia de Morena abre una etapa que merece ser analizada más allá de los discursos oficiales y las narrativas triunfalistas. No se trata solo de un relevo interno, sino de un reflejo de las tensiones acumuladas dentro de un movimiento que, tras alcanzar el poder, enfrenta el reto más complejo: sostener coherencia, resultados y legitimidad.

Durante su gestión, Alcalde representó una generación política que llegó con la promesa de renovación, cercanía con la ciudadanía y una visión distinta del ejercicio del poder. Sin embargo, en la práctica, esa expectativa se diluyó entre decisiones centralizadas, falta de autocrítica y una creciente distancia con sectores que originalmente respaldaron el proyecto. La narrativa de transformación comenzó a desgastarse frente a problemas estructurales no resueltos y a una percepción de soberbia política.

Su salida no puede leerse únicamente como un movimiento estratégico o una simple rotación de cuadros. Es, en buena medida, consecuencia de un desgaste interno que ha sido evidente: disputas por candidaturas, inconformidades territoriales y una dirigencia que, en lugar de fungir como árbitro, terminó siendo percibida como parte del problema. La falta de diálogo efectivo con las bases y el cierre de espacios para la pluralidad interna terminaron pasando factura.

También es importante señalar que el liderazgo de Alcalde estuvo marcado por una fuerte dependencia de las figuras más influyentes del movimiento. Esto limitó su margen de maniobra y reforzó la idea de que la dirigencia operaba más como ejecutora que como constructora de consensos. En política, esa diferencia es crucial: gobernar un partido implica escuchar, negociar y, sobre todo, asumir responsabilidades cuando las cosas no funcionan.

La salida de Alcalde deja preguntas abiertas sobre el rumbo de Morena. ¿Habrá un cambio real en la forma de conducir el partido o se mantendrá la misma lógica vertical? ¿Se abrirán espacios para la crítica interna o continuará la disciplina como única regla? ¿Se priorizará la construcción institucional o se seguirá apostando por liderazgos personalistas?

Desde una visión crítica, lo ocurrido confirma que ningún proyecto político está exento de desgaste ni de contradicciones. El verdadero desafío no es llegar al poder, sino ejercerlo con responsabilidad, apertura y resultados tangibles. Cuando eso no sucede, los relevos dejan de ser una señal de fortaleza y se convierten en un síntoma de desgaste.

Hoy, más que celebrar o lamentar una salida, lo relevante es observar si este cambio representa un punto de inflexión o simplemente un ajuste superficial. Porque al final, lo que está en juego no es un nombre, sino la credibilidad de un proyecto que prometió ser distinto y que ahora enfrenta el juicio inevitable de la realidad.